jueves, 31 de marzo de 2011

El duelo entre Lisandro de la Torre e Hipólito Yrigoyen

6 de Septiembre de 1897. Amanece. En uno de los galpones de Las Catalinas, en las proximidades del puerto de Buenos Aires, se realiza un histórico duelo originado en causas políticas. Sus protagonistas son Hipólito Yrigoyen, de 45 años de edad, y Lisandro de la Torre, que tiene a la sazón 28 años.

Decidido partidario de la política de las paralelas, el joven político rosarino rompió con Yrigoyen y lo acusó de personalismo y de egoísmos malsanos. Se alejó para siempre de la Unión Cívica Radical. Yrigoyen nombró padrinos a Marcelo T. de Alvear y al Coronel Tomás Vallée; su antagonista, a Carlos Rodríguez Larreta y a Carlos F. Gómez. Las condiciones del duelo fueron severísimas. El lance se realizaría a sable con filo, contrafilo y punta. El jefe de la intransigencia radical no sabe esgrima y se prepara en pocas horas. De la Torre es un experimentado conocedor del arma. Pero la imperturbabilidad del primero contrasta con la impetuosidad del segundo.

En el galpón de Las Catalinas lidian durante más de medía hora. Cuando el lance termina, Lisandro de la Torre presenta heridas en la cabeza, en las mejillas, en la nariz y en el antebrazo, al tiempo que Yrigoyen resulta ileso. Los duelistas no se reconcilian y el acta que se labra luego expresa que el lance se ha llevado a cabo en San Fernando.

Las causas del duelo estaban en la renuncia que de la Torre había hecho pública ante la convención nacional del radicalismo. “El Partido Radical – decía - ha tenido en su seno una influencia hostil y perturbadora, la del señor Hipólito Yrigoyen, influencia oculta y perseverante que ha operado lo mismo antes y después de la muerte del doctor Alem, que, destruye en estos instantes la gran política de la coalición, anteponiendo a los intereses del país y a los intereses del partido, sentimientos pequeños e inconfesables”.

Gorilas

Nunca olvidaré aquellos lluviosos días de setiem­bre del 55. Aunque para mí fueron de viento y de sol porque vivíamos en el Valle de Río Negro y los odios se atemperaban por la distancia y la pesadum­bre del desierto. Mandaba el General y a mí me resultaba incomprensible que alguien se opusiera a su reino de duendes protectores. Mi padre, en cambio, llevaba diez años de amargura corriendo por el país del tirano que no lo dejaba crecer. Una vez me explicó que Frondizi había tenido que huir en calzoncillos al Uruguay para salvarse de las hordas fascistas. Y se quedó mirándome a ver qué opinaba yo, que tendría nueve o diez años. A mí me parecía cómico un tipo en calzoncillos a lunares nadando por el río de la Plata, perseguido por comanches y bucaneros con el cuchillo entre los dientes.

No nos entendíamos. Mi peronismo, que duró hasta los trece o catorce años, era una cachetada a la angustia de mi viejo, un sueño irreverente de los tiempos de Evita Capitana. Años después me iba a anotar al lado de otros perdedores, pero aquel año en que empezó la tragedia escuchaba por la radio la Marcha de la Libertad y las bravuconadas de ese miserable que se animaba a levantarse contra la autoridad del General. El tipo todavía era contraalmirante y no se sabía nada de él. Ni siquiera que había sido cortesano de Eva. Todavía no había fusilado civiles ni prohibido a la mitad del país. Era apenas un fantasma de anteojos negros que bombardeaba Puerto Belgrano y avanzaba en un triste barco de papel. Era una fragata bien sólida, pero a mí me parecía que a la mañana siguiente, harto de tanta insolencia, el General iba a hundirlo con sólo arrojar una piedra al mar.

Recuerdo a mi padre quemando cigarrillos, con la cabeza inclinada sobre la radio enorme. Lo sobresaltaban los ruidos de las ondas cortas y quizás un vago temor de que alguien le leyera el pensamiento. A ratos golpeaba la pared y murmuraba: "Cae el hijo de puta, esta vez sí qué cae". Yo no quería irme a dormir sin estar seguro de qué el General arrojaría su piedra al mar. Tres meses atrás la marina había bombardeado la Plaza de Mayo a medio día, cuando la gente salía a comer, y el odio se nos metió entre las uñas, por los ojos y para siempre. A mi padre por el fracaso y el bochorno, a mí porque era como si un intruso viniera a robarme los chiches de lata. Me cuesta verme así: ¿qué era Perón para mí? ¿Una figurita del álbum, la más repetida?, ¿los juguetes del correo?, ¿la voz de Evita que nos había pedido cuidarlo de los traidores? Se me iba la edad de los Reyes Magos y no quería aceptar las razones de mi padre ni los gritos de mi madre.

Creo que allá en el Valle no se suspendieron las clases. Una tarde vinieron unos milicos que destrozaron a martillazos la estatua de Evita. Al salir del colegio vi a un montón de gorilas que apedreaban una casa. Los chicos bajábamos la cabeza y caminábamos bien cerca de la pared. El día que Perón se refugió en la cañonera paraguaya mi madre preparó ravioles y mi padre abrió una botella de vino bueno. "Lo voy a cagar a Domínguez", dijo, ya un poco borracho, y buscó los ojos de mi madre. Domínguez era el capataz peronista que le amargaba la existencia. El tipo que me dejaba subir a la caja del camión cuando salían a instalar el agua. Creo que mamá le hizo una seña y el viejo me miró, afligido. "¿Por qué me salió un hijo así?", dijo y me ordenó arrancar el retrato de Evita que tenía en mi pieza. Lonardi hablaba por radio pero el héroe era Rojas. Para convencerme, mi padre me contaba de unos comunistas asesinados y otra vez de Frondizi en calzoncillos. No les tenía simpatía a los comunistas pero ya que estaban muertos, ¿por qué no acordarse de ellos? Yo no quise bajar el retrato y mi padre no se atrevió a entrar en mi cuarto. "Está bien, pero deja la puerta cerrada, que yo no lo vea", me gritó y fue a terminar el vino y comerse los ravioles.

Fue un año difícil. Terminé mal la primaria y empe­cé mal el industrial de Neuquén. Hasta que Rodolfo Walsh publicó Operación Masacre no supimos de los fusilamientos clandestinos de José León Suárez, ordena­dos por Rojas. Mi viejo seguía enojado con Perón pero se amigó con el capataz Domínguez. Alguien vino a ten­tarlo en nombre de Balbín. En ese entonces yo me había puesto del lado de Frondizi, tal vez por aquella imagen del tipo en calzoncillos que se aleja nadando hacia la costa del Uruguay, y entonces mi padre se negó a entrar en política.

En el verano del 58 empecé a trabajar en un galpón donde empacaban manzanas para la exportación y en febrero se largó la huelga más terca de los tiempos de la Libertadora. Largas jornadas en la calle, marchas, colec­tas y asados con fútbol mientras el sindicato prolongaba la protesta. Un judío de traje polvoriento nos leía presuntos mensajes de Perón. Un día cayó con un Geloso flamante y un carrete de cinta en el bolsillo. Le decían El Ruso; tenía unos anteojos sin marco que dos por tres se le caían al suelo y había que alcanzárselos porque sin ellos quedaba indefenso. Desde la cinta hablaba Perón, o alguien con voz parecida. El General anunciaba un regre­so inminente y los rojos ya no eran sus enemigos, decía. Al final de la cinta nos hablaba al oído y decía que se le encogía el corazón al pensar en esa heroica huelga nuestra ahí entre las bardas del desierto.

Alguien, un italiano charlatán, sospechó que el que hablaba no era el General. En aquel tiempo no conocía­mos los grabadores y la máquina que reproducía la voz parecía demasiado sorprendente y perfecta para ser au­téntica. El Ruso no tenía pinta de peronista y la gente empezaba a desconfiarle. Mi padre y yo no nos hablába­mos, o casi, pero si existía alguien en aquellos parajes capaz de confirmar que la máquina y la voz eran confiables, ése era él. Le conté lo que pasaba y en nombre de la asamblea le pedí que verificara si era auténtico el Geloso del Ruso. Todavía lo veo llegar, levantando pol­vareda con la Tehuelche que me había ayudado a com­prar. Esquivó las barreras que habíamos colocado para cortar el camino y se metió en un pajonal porque venía clandestino. Al principio todos lo miraron feo por su aspecto de radical del pueblo. Un chileno bajito lo trató de profesor y eso contribuyó a que se agrandara un poco. Se puso los anteojos, saludó al Ruso y pidió ver el aparato.

Era una joya. Apenas conocíamos el plástico y aque­llo era todo de plástico. Mi viejo lo miraba como aturdi­do, con cara de no entender un pito de voces grabadas y perillas de colores. El Ruso desenrolló un cable que había enchufado en la oficina tomada y colocó la cinta con cuidado, como si agarrara un picaflor por las alas. Y Perón habló de nuevo. Sinarquía, imperialismo, multina­cionales, algo que hoy sonaría como una sarta de maca­nas. El General recordó la Constitución justicialista, que impedía la entrega al capitalismo internacional de los servicios públicos y las riquezas naturales. Todos mira­ban a mi padre que escuchaba en silencio. Ensimismado, sacó los carretes y tocó la banda marrón con la punta de la lengua. Después pidió un destornillador y desarmó el aparato. Yo sabía que estaba deslumbrado y que alguna vez, en el taller del fondo, intentaría construir uno mejor. Pero esa tarde, mientras el Ruso se sostenía los anteojos con un dedo, mi viejo levantó la vista hacia la asamblea y murmuró: "Es Perón, no tengan duda". Rearmó el Geloso pieza por pieza mientras escuchaba la ovación sonriente, como si fuera para él. Yo le miraba la corbata raída y las uñas limpias. Aquel hombre podía reconocer la voz de Perón entre miles, con ruido de fondo y bajo fuego de morteros. Tanto lo había odiado, admirado quizás. Dos días después llegaron los cosacos y nos molie­ron a palos. Así era entonces la vida. El Ruso perdió los lentes y el Geloso. Mientras corría no paraba de cantar La Internacional. A mí me hicieron un tajo en la cabeza y a los chilenos los metieron presos por agitadores. Al volver a casa, de madrugada, encontré a mi padre en su escri­torio, dibujando de memoria los circuitos del grabador. Me hizo señas de que fuera al lavadero para no despertar a mi madre y puso agua a calentar. Allá en el patio, frente al taller en el que iba a reinventar el Geloso, me ayudó a lavar la herida y me hizo un vendaje a la bartola, porque no sabía de esas cosas. "Parece mentira —me dijo— antes cada cosa estaba en su lugar; ahora, en cambio, me parece que son las cosas las que están en lugar nuestro." Y no me habló más del asunto.
Osvaldo Soriano

Palabra de Cristina Fernández, última semana de marzo

"...quiero agradecerle al Presidente de Venezuela y el pueblo de Venezuela la solidaridad, que tuvieron con la Argentina, en momentos muy difíciles; solidaridad sin la cual hubiera sido imposible tal vez haber llegado a esta Argentina, que tenemos hoy [...] Esa Argentina de hoy tal vez hubiera quedado trunca, si no hubiéramos tenido aquella ayuda. También tuvo que ver lo que trabajamos, lo que nos esforzamos pero muchas veces -y esto lo saben millones de argentinos- uno puede esforzarse, trabajar las 24 horas del día, cuántos millones de argentinos durante tantísimos años se rompieron el alma y cada vez les iba peor. Quiere decir que no solamente basta con la voluntad o el trabajo propio para salir, hay que tener también la mano que te tienden solidaria y además generar el marco que permita modificar y transformar la realidad, que de eso se trata en definitiva o por lo menos debería serlo la política: transformar la realidad."

"Por eso hoy decía que además de esta tierra de libertad y de igualdad, somos tierra de paz. Y en esta UNASUR, que por esas cosas de la vida entró en vigencia un 11 de marzo, ese mismo 11 de marzo donde en un gran acto político reivindicábamos a nuestras juventudes, a nuestras militancias políticas y sociales, ¡vamos, son ustedes los que tienen que tomar la bandera y seguir llevándola adelante!".

"...¿Porque saben cuándo se viola el derecho internacional? Cuando no hay voluntad de paz, y para que no haya voluntad de paz tiene que haber dos o más que no tengan voluntad de paz. Los presuntamente bárbaros de la América del Sur hemos resuelto nuestras diferencias en el marco del derecho internacional, hablando, dialogando y utilizando la diplomacia, porque en definitiva de esto se trata, la diplomacia, nuestras cancillerías, nuestros presidentes, para resolver nuestros conflictos. Cuando uno mira el globo, el mundo y observa a los presuntamente civilizados resolver las cuestiones a bombazos, realmente me siento muy orgullosa de ser americana del Sur, me siento muy orgullosa de formar parte de la UNASUR, me siento muy orgullosa realmente de hacer honor a esa tradición de paz y concordia que tenemos aquí en nuestra querida casa la UNASUR."

"...sinceramente en un ejercicio de honestidad profunda de todos y cada uno de nosotros - de los que estamos aquí y de los que no están aquí - yo sinceramente no recuerdo ningún Gobierno, ninguno que haya inaugurado la cantidad de universidades, de colegios, de viviendas, abierto fábricas."

"...los que quieren ocultar o distorsionar, con sus aciertos y con sus errores, pero ojo que por los errores pusieron su propio cuerpo, no como otros que tuvieron que poner el cuerpo por los errores o por los horrores de los políticos que mal vendieron y vendieron el país generando políticas de hambre y de miseria. No sé si por incapacidad o por miedo porque además había mucho miedo en muchos de los dirigentes políticos. Porque yo me pongo a pensar y me acuerdo cuando era legisladora, cuando me tocó ser diputada nacional y senadora, los discursos que decían que esto no se puede hacer porque si no el Fondo, porque se cae, porque vienen. Porque podía ser fácil explicar y decir que eras solamente por complicidad, no es que habían metido en la cabeza de los argentinos que era imposible hacer algo diferente a lo que te decían que había que hacer de afuera, te habían colonizado mentalmente, que es lo peor que le puede pasar a un pueblo y a una sociedad."

"Y me acuerdo también de él, que sus padres pudieron con mucho sacrificio mandarlo, desde el Sur, desde la Patagonia, a la Universidad Nacional de La Plata a estudiar. Pero cuántos otros habrán quedado en el camino que porque sus padres no podían y tenían capacidades. Porque acá lo importante no es que todos vayan a la universidad, lo importante es que cada uno pueda hacer su elección personal de vida, de igualdad de oportunidades, que eso es lo que tenemos que seguir trabajando por una Argentina que siga generando igualdad de oportunidades."

"...a dos cuadras del mismo lugar en el que ahora están inaugurando un colegio, hecho por cooperativistas, cuando estaba la Argentina del trueque [...] la Argentina cambiaba una carretilla o un martillo por comida. Esto no pasó en Uganda, esto pasó aquí, en la República Argentina, a escasos kilómetros del Obelisco, y no pasó hace dos siglos, pasó hace apenas diez años."

"Yo digo siempre que la memoria, toda la memoria porque no tenemos que tener memoria selectiva, tenemos que poseer una memoria que contemple todo: lo que hicimos bien, lo que hicimos más o menos bien, en lo que nos equivocamos, pero aún con todas las equivocaciones que podamos haber tenido, con los errores porque somos humanos y podemos equivocarnos, siego sosteniendo que este es el proyecto de transformación política, social y económica más importante de nuestros 200 años de historia."

"...hay que hacer entrar al pueblo y a la calle a la universidad para discutir las cosas cotidianas de los argentinos y encontrarles soluciones desde lo académico que para eso nos pagan la educación gratuita universitaria; se la debemos al pueblo y tenemos que tener ese compromiso de devolverle al pueblo lo que el pueblo nos da."

"Ustedes tienen una inmensa ventaja por sobre nosotros cuando ingresamos a la universidad. Cuando yo ingresé a la universidad no había democracia en el país, ningún argentino, ni los que estudiaban ni los que no estudiaban, podían elegir a quiénes los gobernaran o el gobierno que querían tener; ustedes tienen la maravillosa ventaja de vivir en una sociedad democrática y con una libertad como jamás se dio y esto es una construcción colectiva de todos los argentinos."

"La democracia se construye todos los días, se construye con la Ley de Medios, se construye abriendo universidades, abriendo colegios; se construye también con la Asignación Universal por Hijo, independizando la política de baja estofa, como la llamo yo, que en realidad no es política de las necesidades del pueblo; se construye todos los días la democracia y yo siento que cada día que pasa, en cada vivienda, en cada familia que logra tener su techo, en cada argentino que ha logrado tener trabajo, en cada chico de nuestras escuelas públicas secundarias que recibe una netbook, en cada madre que hoy tiene la Asignación Universal por Hijo y tiene asegurada su escuela, su certificado de salud y también -vamos a decirlo con todas las letras- que no las exploten por cuatro monedas, porque también la Asignación Universal sirve para que se acabe en cierta medida la explotación a que eran sometidas muchas por no tener trabajo y trabajar por dos monedas dejando sus hijos todo el día solos. Esto también es construcción de democracia, en cada beca, en cada científico que ha retornado al país, en cada camino, en cada jubilado que hoy puede cobrar su jubilación que ha venido siendo aumentada como nunca les habían aumentado a los jubilados en toda su historia; en cada fábrica."

"De este rescate que hemos hecho me siento tan orgullosa como se sentía orgulloso él, cuando afirmaba una y mil veces que no había dejado sus convicciones en la puerta de la Casa de Gobierno. Yo les digo que esas convicciones le costaron la vida también, pero que él la dio orgulloso, él quería ver este país, él quería ver a los jóvenes estudiando, trabajando, generando oportunidades de vida y eso es lo que estamos haciendo hoy haciendo flamear esas banderas. Me gusta ver las banderas flameando, me gusta ver como cantan el himno; pónganse a pensar, ¿cuándo nuestra juventud cantó el himno con la pasión que hoy lo canta, con el amor con el que hacen flamear las banderas?"

"...varios premios Nobel, como Paul Krugman, que ha dicho que muchos países europeos van a tener que recurrir a la solución argentina para poder superar situaciones de endeudamiento estructural imposibles de sortear, si no se utilizan instrumentos que suelen ser drásticos, pero a grandes problemas, también grandes soluciones."

"Quiero contarle que somos el país que mayor desarrollo en empresas de biotecnología tiene en toda América latina, algo que va a poder ser clave para poder multiplicar los alimentos, en un mundo que va a tener una demanda, que no va a poder ser satisfecha con las producciones tradicionales en materia de agricultura."

martes, 29 de marzo de 2011

¡Y el nazi era Perón!

Queda claro, supongo: Perón trajo a cuanto nazi quiera Uki, pero no les dio poder. No condicionaron su ideología ni actuaron en la sociedad argentina. Salvo si uds. dicen que ellos hicieron autoritario a Perón (¡como si Perón lo necesitara!) y que hay en la ideología peronista (en la idea de la “comunidad organizada”, como se suele decir) algo de nazismo. Pavadas. En cambio, señores, los norteamericanos, quienes acaso no hayan llevado II nazis a la Casa Blanca, sin duda los llevaron al Pentágono y les dieron enorme poder.

Todos han visto o debieran ver esa formidable película de Stanley Kubrick que lleva por título Dr. Strangelove. Llamada por aquí Doctor Insólito o Cómo aprendí a no preocuparme y amar la bomba. Film de 1964, presenta a un científico en una silla de ruedas que sostiene todo el tiempo su brazo derecho con su brazo izquierdo. Siempre que el brazo derecho se le escapa hace el saludo nazi y el Dr. Strangelove exclama: “Heil Hitler!”. El éxito del film de Kubrick tapó injusta y tristemente otras dos formidables películas. Una es Fail Safe, también de 1964, dirigida por Sidney Lumet e interpretada por Henry Fonda. Y la otra es más conocida por aparecer habitualmente por las pantallas de televisión, por cable o por aire, desde hace varios años. Es The Bedford Incident (ridículamentetraducida como Al borde del abismo, que es la traducción del célebre film de Hawks con Bogart y Bacall). El film es de 1965. Es la historia de un paranoico halcón norteamericano que comanda una destroyer con carga atómica. Se larga a perseguir a un submarino ruso en aguas de Groenlandia.

Todo termina en un desastre. Pero el detalle es éste: el asesor del macartista, paranoico y casi demente conductor de la nave (Richard Widmark) es un nazi. Sí, tal cual. Esto habla bien del cine norteamericano. No necesitan que vaya Uki Goñi a decirles que pusieron a nazis en puestos importantes. No, ellos solitos se dan cuenta y hacen muy buenas películas sobre el tema. Lo notable del film es que el nazi (Eric Portman) termina siendo más sensato que el Capitán Widmark, quien acaba por hacer volar todo y presumiblemente desata una Tercera Guerra Mundial. Estas tres películas forman un corpus sobre la Guerra Fría de alto valor cinematográfico. Pero hay algo peor. ¿No entraron nazis a la Casa Blanca?¡Por favor! Los yankis fueron mucho más vivos que Perón. Si Perón se mandó ese papelón con su sabio nuclear Ronald Richter, los yankis se importaron al más brillante científico nazi, al tipo que casi le hace ganar la guerra a Hitler. Nada menos que a Wernher Magnus Maximilian Freherr von Braun. O más sencillamente: Wernher von Braun. Con respecto al tan sonado affaire Ronald Richter, a quien Perón importó para que le hiciera la bomba atómica y el tipo resultó siendo un fiasco, cosa que el gorilismo explotó hasta niveles extremos, recuerdo a un militante de la JP que decía perplejo: “No entiendo. Se equivocó, ¿y qué hay? ¿Qué quieren demostrar? ¿Que Perón era boludo?”. Impecable razonamiento. Porque o Perón era el demoníaco nazi que hundió a la democracia argentina o frenó a la revolución social que ya estallaba en el ’45 o era un boludo porque había traído a Richter. Las pavadas del chiquitaje gorila son asombrosas. Sí, Richter era un tarado recalcitrante. Sí, Perón se comió un buzón. ¿Y? Perón habrá sido muchas cosas: un político sagaz, maquiavélico, pragmático, un tipo de corazón frío, un tipo del que nunca sabremos si quiso o no verdaderamente a alguien, ni siquiera a Evita, un tipo al que con todas esas características no precisamente maravillosas le alcanzó para ser el caudillo de masas más poderoso de la Argentina y para crear un partido que hoy, aunque afortunadamente descafeinado, todavía gobierna.

Pero, ¿un boludo? No, la acusación se revierte contra quienes pretenden demostrar eso basándose en el affaire Ronald Richter. Esos, de boludos, todo. Volvamos a Wernher von Braun. Por decirlo rápido: es el tipo que le inventó a Hitler las bombas V2 con las que asoló la ciudad de Londres y es, al mismo tiempo, el tipo que les puso a los yankis al hombre en la Luna. De a poco. Veamos: Wernher von Braun nace en Alemania en marzo de 1912. Siempre le apasiona la cohetería espacial. Es eso que los yankis llaman un rocket scientist. Un científico de aparatos a reacción. Entra, de joven, en las filas de las SS. Se enrola luego en el Ejército Alemán. Quiere desarrollar misiles balísticos. Entró en las SS, aclaro, antes de que Hitler llegara al poder. Trabajando para las SS obtuvo un doctorado en ingeniería aeroespacial. ¡Miren a las SS! Y todo el mundo sólo se fija en que montaron campos de concentración y mataron a seis millones de judíos. Pues no: también le permitieron obtener a Von Braun un doctorado en ingeniería espacial. Que se sepa, acaso el mundo lo ignore o lo haya olvidado. Sigue su carrera brillante Herr von Braun. El alto mando alemán le encarga la elaboración de un cohete capaz de atacar territorio enemigo. Wernher von Braun, indignado, huye de Alemania y se refugia en la patria de la libertad y la democracia, Estados Unidos, donde... No, no es así. Wernher se queda en Alemania, como buen nazi que era.

Wernher von Braun diseña los modelos A3 y A4 que entusiasman al Führer. Hitler le ordena la producción masiva de los mismos. Wernher les pone el nombre de V2. Hitler, con ellos, se dispone bombardear a Londres. No es sencillo construir masivamente los V2. Werhner von Braun reclama entonces más contingente humano. Y emplea obreros-esclavos que le son enviados de los campos de concentración y exterminio, algo que Werhner, siempre concentrado en lo suyo, ignora por completo. De lo contrario, humanitariamente se habría opuesto. ¡El tipo era un miserable! Hacia el fin de la guerra se habían arrojado 1155 bombas V2 contra Inglaterra y 1625 contra Amberes y otros objetivos del continente. No hay experto militar que ignore un hecho fundamental: si Von Braun hubiera empezado antes la producción en masa de las bombas V2, Alemania habría ganado la guerra. Los aliados bombardearon los laboratorios de Peenemünde, donde trabajaba Von Braun con sus obreros-esclavos, pero no mataron a Von Braun, que ya se había ido en busca de los yankis. Mataron a todos los que hacían trabajo esclavo.

Wernher, entre tanto, iba en busca de la libertad. Los norteamericanos habían organizado la operación Paperclip destinada a capturar científicos alemanes y ubicarlos bajo su dirección. Wernher von Braun se entrega junto con otros quinientos científicos de su equipo. Los rusos se lo pierden. También lo quería para su equipo Sergei Korolov. A papá Stalin también le importaba un reverendo rábano que Wernher hubiera sido SS, que haya utilizado obreros-esclavos de los campos de concentración, que sus bombas V2 hayan arrasado buena parte de Europa, nada. Lo quería para él. La guerra que se iniciaba era otra y los cerebros alemanes eran muy codiciados. Ni hablemos de lo que Alemania misma hizo con los nazis, a los que integró masivamente a su resurrección. Pero sigamos con Wernher. Falta lo mejor. Lo más espectacular. ¡Es tanto lo que el mundo y todos nosotros le debemos! Wernher se hace ciudadano norteamericano.

Algo que ocurre el 14 de abril de 1955. Es un héroe. Su cohete V2 es la base de toda la cohetería que desarrollan los rusos y los yankis en la carrera espacial. En 1960, encontramos a Wernher en la NASA. Se le encomienda la construcción de los gigantescos cohetes Saturno. ---------- Pero antes, en la década del ’50, Wernher ya era muy conocido por sus artículos en la publicación semanal Cullier, la más importante de ese momento. Y aquí viene el dulce “toque” Disney: Wernher participa en tres programas de televisión divulgando temas de exploración espacial. Patrocina la Walt Disney Corporation. No sean amargos: ¿no es esto conmovedor? El SS y Mickey Mouse juntos, dejando atrás sus diferencias, acaso mínimas, y divulgando la ciencia de la cohetería para los niñitos americanos. Aún, dije, falta lo mejor. Wernher tiene en sus manos la fabricación de los cohetes Saturno. Se convierte entonces en el director del Centro de Vuelo Espacial Marshall de la NASA. Diseña, así, el Saturno V. Que el tipo era un genio, lo era. Que había sido un SS, también. Que había reventado a bombazos a los ingleses y a los belgas y a otros países, también. Que había utilizado obreros extraídos de los campos de concentración y exterminio, también. Pero eso, ¿qué importaba? ¿Qué podía importar si Wernher von Braun, durante los años 1969 y 1972, con el cohete Saturno V... ¡lleva al Hombre a la Luna! Caramba, lo que es la historia humana. El hombre llegó a la Luna de la mano de un SS.

¿Recuerdan ustedes esas jornadas maravillosas de 1969? Yo sí, porque soy un veterano y serlo tiene sus grandes ventajas. A veces sentís que la Historia se te entrega en totalidad y la podés ver desde un lado que siempre se te negó, porque, sencillamente, eras joven. Es cierto, estás más cerca de la Parca, estirás la pata en cualquier momento, pero disfrutás de la posibilidad de un saber más añejo, más totalizador. Bien, se acabó el interregno sentimental.

Wernher nos sigue reclamando. Las jornadas de 1969, decía. Fueron así: el mundo entero estaba fascinado por una conquista, no de los norteamericanos, sino del Hombre. Era el Hombre el que había llegado a la Luna. Igual, los yankis clavaron ahí su banderita, alevosamente. Todos miraban la tele. Todos exclamaron extasiados cuando ese Armstrong dio unos saltitos en el suelo ceniciento del planeta de los enamorados. Aquí manejaban la transmisión de TV Mónica Mihanovich, creo que así se llamaba en ese entonces,y el más que agradable Andrés Percivale. De pronto, ¡aparece Nixon! ¡Y se pone a hablar con Armstrong! Increíble: el hombre habla desde la Tierra con el hombre que está en la Luna. Durante esos días, Nixon había ordenado un ataque masivo de sus poderosos bombarderos B52 sobre Vietnam del Norte para terminar de una buena vez con esa maldita guerra que no podían ganar y les arruinaba esta fiesta espacial.

También durante esos días se hace el Cordobazo en la Argentina. Pero es el mundo el que festeja. ¡Hemos llegado a la Luna! Se ha cumplido el sueño de Herbert George Wells, ese visionario. El film de Georges Méliès es realidad. El Hombre, así, con mayúscula, ha escrito una de las páginas fundamentales de su Historia. Todo gracias a Wernher. Que ya sabemos quién había sido. Amigo de Hitler, pudo haberlo llevado a ganar la guerra si disponía de un poco más de tiempo. En ese caso, habría sido el bueno de Adolf quien hablara con algún Armstrong alemán, y bien nazi, sobre la gran hazaña del género humano. ¡Y el nazi era Perón!

Fuente: Jose Pablo Feinmann, Peronismo: Filosofía política de una persistencia argentina, Planeta, 2010.