Mostrando entradas con la etiqueta 1976. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1976. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de septiembre de 2011

"Cómo habría de pasarles, desde sus cómodos lugares del notemetás y poralgohabrásido"

La última vez que la vi a mi hermana fue cerca de “la mandarina”, zona sur de Rosario. La mandarina era una construcción cerca del frigorífico Swift que alguna vez había estado destinada a tener un monumento a Evita, pero que jamás se dio, y quedaron estos gajos de cementos circundando…nada. Adriana se acercó a mí en contraluz.

Le vi su panza redonda, hermosa circunferencia de vida, a medida que se iba acercando con el sol a su espalda. La luz jugaba otras luces en su pelo y su contorno.La vi tan hermosa.

Lástima no haber sabido que iba a ser la última vez. No me hubieran podido separar del abrazo. Pero no supe. Pero no presentí.

Un chico que estaba detenido -porque de chicos hablamos- le dijo a su madre que le diga a mi madre que los chicos estaban muertos y enterrados en el cementerio La Piedad. Y que la nena había pasado por el Juzgado de Menores.


Patitas de recién nacida en la Maternidad Martin que coincidieron con patitas de NN secuestrada el 4 de setiembre del ’77, con documentación preparada y lista por jueza de menores cómplice para darla de adopción al que estuvo en el secuestro de sus padres.

Cinco meses estuvo perdida.

A sus nueve meses, encontrada y recuperada.

La esperaba en el departamento de San Luis 1119, 4° piso
, de Rosario. Mi madre la subía en el ascensor antiguo, de rejas. Estaba en un cochecito, ella, tan buscada, tan parecida a su madre. Abrí las rejas del viejo ascensor, y me largué a llorar.

Todos llorábamos.
Fui al cine a ver una película, “Julia”, sobre un hecho verídico.

Julia, miembro de la resistencia en Alemania durante la segunda Guerra Mundial; su amiga, Lillian Hellman, esposa del escritor Dashiel Hammet, fue a Alemania sirviéndole de correo. Julia desapareció en esos días. Estaba embarazada y tuvo una niña, la que su amiga Lillian nunca dejó de buscar. Jamás la encontró.

Aún habiendo encontrado a mi sobrina, me paré en el cine con una inmensa angustia en el pecho, gritando “¡hay que encontrar a la nena!”.

No me acuerdo quién me hizo sentar, volviéndome a la realidad, mi realidad.

Yo tuve suerte.
Tuvimos suerte.

Más suerte que más de 400 familias que aún esperan noticias, que esperan saber que sus nietos, sobrinos, primos, sobrevivieron, llevando la sangre, la carne, la genética y la historia de sus seres ausentes, asesinados, torturados, masacrados…como retoños del árbol querido, extrañado, en falta eterna, en vacío de lugar en la mesa, en los festejos, en los aniversarios, en los nuevos nacimientos, en…siempre…en siempre…ausencia.

Escucho en los medios, escucho mucho.

Que Clarín, que manipulación, que se le debe exigir perdón al gobierno, que la oposición… Las mujeres que entonces tenían 40, 50 años, hoy tienen 80, 90. Sus mesas siguen vacías. Su dolor, intacto.

No hay retoños del árbol caído. No están sus risas, su juventud, sus caras tan parecidas a los queridos ausentes. Está la inmensa desolación de pensar que tal vez se los crucen en alguna esquina; la desesperación de tratar de encontrar parecidos en caras desconocidas.

Estela de Carlotto es hoy el enemigo.
Las Abuelas, son hoy el enemigo.

Estas mujeres, despojadas de sus hijos y de sus nietos, son hoy la comidilla de aquellos a los que nunca les pasó nada, y cómo habría de pasarles, desde sus cómodos lugares del notemetás y poralgohabrásido. Desde sus mezquinos intereses.

No sufrieron escarnio, ni allanamientos, ni persecuciones, ni extorsiones, ni pasaron más de tres décadas siendo parias sociales, golpeando puertas que jamás se abrieron.

Se levantan voces airadas ahora, en la seguridad de la democracia, las mismas voces que jamás se levantaron cuando vivíamos el horror día a día, cuando el protestar significaba, tal vez, perder la vida; pero entonces, no hubo voces airadas: solamente las de estas mujeres, dueñas de ovarios del tamaño de una galaxia.

Cobardes. Mierdas cobardes en época de elecciones, tratando patéticamente de quedar bien para conseguir los votos de la derecha. Pequeñas mierdas cobardes. Oportunistas.

Les deseo un segundo, sólo un segundo, nada más que un segundo, estar en el cuerpo de cualquiera de nosotros.

Les deseo un segundo, sólo un segundo, nada más que un segundo, la desesperación de no saber dónde está su hijo, su hermano, su nieto, la certeza de la tortura sobre el cuerpo amado, la desaparición de esos retoños queridos.

Realmente, se los deseo.
Pero los escucho hablar, y, creo, que ni aún así.

Laura Elena Tasada.
Rosario, julio de 2011

martes, 2 de agosto de 2011

El homicidio al obispo de La Rioja, Enrique Angelelli

El 4 de agosto de 1976, el cuerpo del obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, fue encontrado al costado de la ruta 38, camino a la capital provincial. La camioneta furgón en la que viajaba dio varias vueltas antes de que saliera expulsado. Su acompañante, el entonces vicario episcopal, Arturo Pinto, sufrió numerosos golpes y perdió la conciencia, pero salvó su vida. Cuando la policía encontró el cuerpo de Angelelli, estaba llamativamente dispuesto sobre la tierra. Ambos religiosos regresaban de Chamical, donde unos quince días antes habían sido secuestrados, torturados y brutalmente asesinados los jóvenes sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias. El obispo había oficiado la misa del entierro el 22 de julio y en la camioneta llevaba una valija con documentos recogidos para esclarecer estos crímenes.

Enrique Angelelli nació en 1923, en Córdoba. A los 26 años fue ordenado sacerdote y once años más tarde, obispo. En 1968, le fue asignada la diócesis de La Rioja. Allí, desarrolló con notorio entusiasmo su apuesta por los votos sociales del Concilio Vaticano II. Con su estilo llano y de estrecha relación con el empobrecido poblador de aquella provincia, estimuló y apoyó la organización de las empleadas domésticas, de los trabajadores mineros y agrícolas. Sus misas dominicales llegaron a ser transmitidas por radio hacia todos los rincones de la provincia. Pero en una Argentina en la que se agudizaban los conflictos sociales, pronto encontró la enemistad del clero integralista y conservador del país, de los dirigentes de las Fuerzas Armadas y de los sectores poderosos de La Rioja. Apenas producido el golpe del 24 de marzo de 1976, sus emisiones radiales fueron prohibidas. En varias oportunidades, sus misas debieron ser canceladas por la prepotencia de los grupos de poder local.

Al día siguiente de su muerte, el diario El Sol de La Rioja, tituló: “Murió Angelelli en un accidente”. Esta misma opinión fue la que mantuvo por años la Dictadura y el Episcopado argentino. Pero su acompañante, Arturo Pinto, aseguró ante el Tribunal que abrió la causa en 1983 para investigar la muerte del obispo, que un Peugeot 404 maniobró bruscamente delante de ellos, provocando el vuelco de la camioneta en la que viajaban. Lo último que dijo recordar fue el ruido de una explosión. El 19 de junio de 1986, el juez Aldo Morales sentenció que se trató de “un homicidio fríamente premeditado”. Las “leyes de la impunidad” en los 90 provocaron la caída de la causa. Pero la anulación de aquellas leyes, en 2005, permitió su reapertura. En 2010, Pinto y varios actores más se constituyeron en nuevos querellantes y solicitaron la imputación de catorce militares y policías, encabezados por el ex dictador Jorge Rafael Videla, el entonces comandante del III Cuerpo del Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, y el interventor de La Rioja, coronel Osvaldo Héctor Pérez Battaglia.

Fuente: Pastor y Profeta. Mensajes de Monseñor Angelelli, Editorial Claretiana, Buenos Aires, 1986

sábado, 4 de junio de 2011

Eva

Calle Florida, túnel de flores podridas.
Y el pobrerío se quedó sin madre
llorando entre faroles sin crespones.
Llorando en cueros, para siempre, solos.

Sombríos machos de corbata negra
sufrían rencorosos por decreto
y el órgano por Radio del Estado
hizo durar a Dios un mes o dos.

Buenos Aires de niebla y de silencio.
El Barrio Norte tras las celosías
encargaba a París rayos de sol.
La cola interminable para verla
y los que maldecían por si acaso
no vayan esos cabecitas negras
a bienaventurar a una cualquiera.

Flores podridas para Cleopatra.
Y los grasitas con el corazón rajado,
rajado en serio. Huérfanos. Silencio.
Calles de invierno donde nadie pregona
El Líder, Democracia, La Razón.
Y Antonio Tormo calla "amémonos".

Un vendaval de luto obligatorio.
Escarapelas con coágulos negros.
El siglo nunca vio muerte más muerte.
Pobrecitos rubíes, esmeraldas,
visones ofrendados por el pueblo,
sandalias de oro, sedas virreinales,
vacías, arrumbadas en la noche.
Y el odio entre paréntesis, rumiando
venganza en sótanos y con picana.

Y el amor y el dolor que eran de veras
gimiendo en el cordón de la vereda.
Lágrimas enjuagadas con harapos,
Madrecita de los Desamparados.
Silencio, que hasta el tango se murió.
Orden de arriba y lagrimas de abajo.
En plena juventud. No somos nada.
No somos nada más que un gran castigo.
Se pintó la República de negro
mientras te maquillaban y enlodaban.
En los altares populares, santa.
Hiena de hielo para los gorilas
pero eso sí, solísima en la muerte.
Y el pueblo que lloraba para siempre
sin prever tu atroz peregrinaje.
Con mis ojos la vi, no me vendieron
esta leyenda, ni me la robaron.

Días de julio del 52
¿Qué importa donde estaba yo?

II
No descanses en paz, alza los brazos
no para el día del renunciamiento
sino para juntarte a las mujeres
con tu bandera redentora
lavada en pólvora, resucitando.

No sé quién fuiste, pero te jugaste.
Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,
metiste a las mujeres en la historia
de prepo, arrebatando los micrófonos,
repartiendo venganzas y limosnas.
Bruta como un diamante en un chiquero
¿Quién va a tirarte la última piedra?

Quizás un día nos juntemos
para invocar tu insólito coraje.
Todas, las contreras, las idólatras,
las madres incesantes, las rameras,
las que te amaron, las que te maldijeron,
las que obedientes tiran hijos
a la basura de la guerra, todas
las que ahora en el mundo fraternizan
sublevándose contra la aniquilación.

Cuando los buitres te dejen tranquila
y huyas de las estampas y el ultraje
empezaremos a saber quién fuiste.
Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,
única reina que tuvimos, loca
que arrebató el poder a los soldados.

Cuando juntas las reas y las monjas
y las violadas en los teleteatros
y las que callan pero no consienten
arrebatemos la liberación
para no naufragar en espejitos
ni bañarnos para los ejecutivos.
Cuando hagamos escándalo y justicia
el tiempo habrá pasado en limpio
tu prepotencia y tu martirio, hermana.

Tener agallas, como vos tuviste,
fanática, leal, desenfrenada
en el candor de la beneficencia
pero la única que se dio el lujo
de coronarse por los sumergidos.
Agallas para hacer de nuevo el mundo.
Tener agallas para gritar basta
aunque nos amordacen con cañones.

María Elena Walsh

miércoles, 23 de marzo de 2011

Primeras medidas de la Junta Militar

Fuerzas Armadas: Un trascendente compromiso

Fuente: Revista Siete Días Ilustrados, N° 458, 26 de marzo de 1976.

"Agotadas todas las instancias del mecanismo constitucional, superada la posibilidad de rectificaciones dentro del marco de las instituciones y demostrada, en forma irrefutable, la imposibilidad de recuperación del proceso por sus vías naturales, llega a su término una situación que agravia a la Nación y compromete su futuro." Así comenzaba la proclama que, en la madrugada del miércoles 24, fue propalada por todas las radioemisoras del país. Más adelante, el documento aludía al "trascendente compromiso" asumido por las Fuerzas Armadas y formulaba una convocatoria a "toda la comunidad nacional". El proceso de reorganización nacional iniciado poco antes por el Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea definía así el espíritu que lo anima. Las páginas que siguen testimonian los hechos iniciales del pronunciamiento militar, comandado por el teniente general Jorge Videla, el almirante Emilio Massera y el brigadier Orlando Agosti

El primer comunicado se difundió a las 3.21 del miércoles 24, por medio de la Cadena Nacional de Radiodifusión. En él, la Junta de Comandantes Generales informaba a la población que el país se encontraba bajo control operativo de las Fuerzas Armadas y exhortaba al estricto cumplimiento de las disposiciones militares, policiales y de organismos de seguridad. Posteriormente, otro parte militar recordaba la vigencia del estado de sitio y la prohibición de realizar manifestaciones callejeras. Más tarde -y siempre firmados por el teniente general Jorge Rafael Videla, el almirante Eduardo Massera y el brigadier general Orlando Agosti- se informaba que "el personal afectado a la prestación de servicios esenciales, queda directamente subordinado a la autoridad militar", mientras se advertía que por la índole de esos servicios: "las infracciones o deficiencias en su prestación quedan incursos en las disposiciones del Código de Justicia Militar".

Otros comunicados -los números 5 y 6, respectivamente- prohibían la navegación de cualquier tipo de embarcación civil en ríos argentinos y los vuelos en todo el territorio y aguas jurisdiccionales.

La Junta de Comandantes Generales -en su bando número 7- aclaró antes del amanecer que su intervención se efectuó "en favor del país todo y no contra determinados sectores sociales", llamando a la reflexión y exhortando al esfuerzo de trabajadores y empresarios "para lograr que las relaciones laborales se mantengan dentro de un clima de libertad y respeto". El texto de ese comunicado recomendaba a los trabajadores no escuchar incitaciones a la violencia y previno a los empresarios para que no tomaran medidas arbitrarias contra su personal.

Exactamente a las 4.40 las emisoras de radio divulgaron el octavo comunicado: la Junta de- Comandantes daba cuenta de que en el país reinaba tranquilidad y se garantizaba el normal abastecimiento de alimentos a la población.

Otras medidas

Durante las primeras horas de la mañana del miércoles, la ciudad estaba en calma y la mayoría de las actividades fabriles se desarrollaban normalmente. A esa altura del proceso se había decretado asueto administrativo y educacional, feriado bancario cambiario y bursátil y la suspensión de transferencias y el congelamiento de cuentas. Mientras tanto se responsabilizaba a funcionarios y empleados públicos de la conservación de bienes y fondos estatales a su cargo. Antes de las 10 de la mañana las radios dieron cuenta que la Junta de Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas se constituiría, en el edificio Libertador, como Junta Militar.

Los partes números 15 y 16 comunicaron que quien causare lesiones graves o muerte del personal militar y de las fuerzas de seguridad, será recluido por tiempo determinado o penado con la muerte. "Se han creado en todo el territorio del país -dio cuenta el comunicado 15-, los Consejos de Guerra Especiales estables que determina el artículo 483 del Código de Justicia Militar, los que aplicarán el procedimiento sumario establecido en los artículos 481 a 501 del Código de Justicia Militar". Igualmente se castigará con reclusión hasta quince años al que cometiere cualquier violencia con el personal de las fuerzas de seguridad y el "que atentare con armas contra buques, aeronaves, cuarteles o establecimiento militar o de las fuerzas de seguridad", pena que puede llegar a reclusión por tiempo determinado o muerte si se produjeran lesiones graves del personal militar o de seguridad.

Ideario

A las 10.40, al asumir el poder los comandantes generales anunciaron once resoluciones, contenidas en el "Acta para el proceso de reorganización nacional y jura de la Junta Militar". En ese documento se declara caducos los mandatos del presidente de la Nación, gobernadores y vicegobernadores, interventores federales, diputados y senadores nacionales y provinciales, intendentes municipales, representantes y concejales. También se removieron los miembros de la Corte Suprema de Justicia y los integrantes de los tribunales superiores provinciales y se suspendió -entre otras medidas- la actividad política o gremial. Finalmente, el Acta informaba que se notificaría de todo lo resuelto y actuado a las representaciones diplomáticas acreditadas en el país y a las representaciones diplomáticas argentinas en el exterior. El Acta señalaba que una vez efectivizadas esas medidas se designaría al ciudadano que ejercería el cargo de presidente de la Nación.

Esas medidas ponían en marcha lo anunciado a las 3.20 de la mañana en una proclama difundida por la cadena radial y firmada por los tres comandantes generales. Ese documento explicó la determinación asumida por las Fuerzas Armadas: "Esta decisión -señaló en uno de sus párrafos-, persigue el propósito de terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo y sólo está dirigida contra quienes han delinquido o cometido abusos de poder. Es una decisión por la Patria y no supone, por lo tanto, discriminaciones contra ninguna militancia cívica o sector social alguno. Rechaza, por consiguiente, la acción disociadora de todos los extremismos y el efecto corruptor de cualquier demagogia".

Por la tarde se difundió el comunicado número 25. En él se establecía la intervención de la CGT y CGE y el congelamiento de sus fondos, la supresión del fuero sindical y la intervención de la Cruzada de Solidaridad, a efectos de su liquidación.

Esas fueron las primeras medidas de la Junta Militar, adoptadas en medio de la expectativa pública, durante una jornada que a pesar del continuo desplazamiento de tropas en todo el país, se vivió en calma y total tranquilidad laboral: según constataron cronistas de distintos medios informativos, las zonas fabriles del Gran Buenos Aires y del interior trabajaron normalmente.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar

martes, 22 de marzo de 2011

Rodolfo Walsh y la muerte de su hija María Victoria

Carta a Vicki

Querida Vicki: La noticia de tu muerte me llegó hoy a las tres de la tarde. Estábamos en reunión cuando empezaron a transmitir el comunicado. Escuché tu nombre, mal pronunciado, y tardé un segundo en asimilarlo. Maquinalmente empecé a santiguarme como cuando era chico. No terminé con ese gesto. El mundo estuvo parado ese segundo. Después les dije a Mariana y Pablo: “era mi hija”. Suspendí la reunión.

Estoy aturdido. Muchas veces lo temía. Pensaba que era excesiva suerte no ser golpeado, cuando tantos otros son golpeados. Sí, tuve miedo por vos, como vos por mí, aunque no lo decíamos. Ahora el miedo es aflicción. Sé muy bien por qué cosas has vivido, combatido. Estoy orgulloso de esas cosas. Me quisiste, te quise. El día que te mataron cumpliste 26 años. Los últimos fueron muy duros para vos. Me gustaría verte sonreír una vez más.

No podré despedirme, vos sabés por qué. Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizás te envidio, querida mía.

Hablé con tu mamá. Está orgullosa en su dolor, segura de haber entendido tu corta, dura, maravillosa vida.

Anoche tuve una pesadilla torrencial, en la que había una columna de fuego, poderosa pero contenida en sus límites, que brotaba de alguna profundidad.

Hoy en el tren un hombre me decía: “Sufro mucho. Quisiera acostarme a dormir y despertarme dentro de un año”. Hablaba por él pero también por mí.

Carta a mis amigos

Hoy se cumplen tres meses de la muerte de mi hija, María Victoria, después de un combate con fuerzas del Ejército. Sé que aquéllos que la conocieron la han llorado. Otros, que han sido mis amigos o me han conocido de lejos, hubieran querido hacerme llegar una voz de consuelo. Me dirijo a ellos para agradecerles pero también para explicarles cómo murió Vicki y por qué murió.

El comunicado del Ejército que publicaron los diarios no difiere demasiado, en esta oportunidad, de los hechos. Efectivamente, Vicki era oficial 2° de la Organización Montoneros, responsable de la prensa sindical, y su nombre de guerra era Hilda. Efectivamente estaba reunida ese día con cuatro miembros de la Secretaría Política que combatieron y murieron como ella.

La forma en que ingresó a Montoneros no la conozco en detalle. A los 22 años, edad de su posible ingreso, se distinguía por decisiones firmes y claras. Por esa época comenzó a trabajar en diario La Opinión y en un tiempo muy breve se convirtió en periodista. El periodismo en sí no le interesaba. Sus compañeros la eligieron delegada sindical. Como tal debió enfrentar en un conflicto difícil al director del diario, Jacobo Timerman, a quien despreciaba profundamente. El conflicto se perdió y cuando Timerman empezó a denunciar como guerrilleros a sus propios periodistas, ella pidió licencia y no volvió más.

Fue a militar a una villa miseria. Era su primer contacto con la pobreza extrema en cuyo nombre combatía. Salió de esa experiencia convertida a un ascetismo que impresionaba. Su marido, Emiliano Costa, fue detenido a principios de 1975 y no lo vio más. La hija de ambos nació poco después. El último año de vida de mi hija fue muy duro. El sentido del deber la llevó a relegar toda satisfacción individual, a empeñarse mucho más allá de sus fuerzas físicas. Como tantos muchachos que repentinamente se volvieron adultos, anduvo a los saltos, huyendo de casa en casa. No se quejaba, sólo su sonrisa se volvía más desvaída. En las últimas semanas varios de sus compañeros fueron muertos: no pudo detenerse a llorarlos. La embargaba una terrible urgencia por crear medios de comunicación en el frente sindical, que era su responsabilidad.

Nos veíamos una vez por semana, cada quince días. Eran entrevistas cortas, caminando por la calle, quizá diez minutos en el banco de una plaza. Hacíamos planes para vivir juntos, para tener una casa donde hablar, recordar, estar juntos en silencio. Presentíamos, sin embargo, que eso no iba a ocurrir, que uno de esos fugaces encuentros iba a ser el último, y nos despedíamos simulando valor, consolándonos de la anticipada partida.

Mi hija no estaba dispuesta a entregarse con vida. Era una decisión madurada, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, el trato que dispensan los militares y marinos a quienes tienen la desgracia de caer prisioneros: el despellejamiento en vida, la mutilación de miembros, la tortura sin límite en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación moral, la delación. Sabía perfectamente que en una guerra de esas características, el pecado no era no hablar, sino caer. Llevaba siempre encima una pastilla de cianuro, la misma con que se mató nuestro amigo Paco Urondo, con la que tantos otros han obtenido una última victoria sobre la barbarie.

El 28 de setiembre, cuando entró en la casa de la calle Corro, cumplía 26 años. Llevaba en brazos a su hija porque a último momento no encontró con quién dejarla. Se acostó con ella, en camisón. Usaba unos absurdos camisones blancos que siempre le quedaban grandes.

A las siete del 29 la despertaron los altavoces del Ejército, los primeros tiros. Siguiendo el plan de defensa acordado, subió a la terraza con el secretario político, Molina, mientras Coronel, Salame y Beltrán respondían al fuego desde la planta baja. He visto la escena con sus ojos: la terraza sobre las casas bajas, el cielo amanecido, y el cerco. El cerco de 150 hombres, los FAP emplazados, el tanque. Me ha llegado el testimonio de uno de esos hombres, un conscripto.

"El combate duró más de una hora y media. Un hombre y una muchacha tiraban desde arriba. Nos llamó la atención la muchacha porque cada vez que tiraba una ráfaga y nosotros nos zambullíamos, ella se reía."

He tratado de entender esa risa. La metralleta era una Halcón y mi hija nunca había tirado con ella, aunque conociera su manejo por las clases de instrucción.

Las cosas nuevas, sorprendentes, siempre la hicieron reír. Sin duda era nuevo y sorprendente para ella que ante una simple pulsación del dedo brotara una ráfaga y que ante esa ráfaga 150 hombres se zambulleran sobre los adoquines, empezando por el coronel Roualdes, jefe del operativo.

A los camiones y el tanque se sumó un helicóptero que giraba alrededor de la terraza, contenido por el fuego.

"De pronto, dice el soldado, hubo un silencio. La muchacha dejó la metralleta, se asomó de pie sobre el parapeto y abrió los brazos. Dejamos de tirar sin que nadie lo ordenara y pudimos verla bien. Era flaquita, tenía el pelo corto y estaba en camisón. Empezó a hablarnos en voz alta pero muy tranquila. No recuerdo todo lo que dijo. 'Ustedes no nos matan' dijo el hombre 'nosotros elegimos morir'. Entonces se llevaron una pistola a la sien y se mataron enfrente de todos nosotros."

Abajo ya no había resistencia. El coronel abrió la puerta y tiró dos granadas. Después entraron los oficiales. Encontraron a una nena de algo más de un año, sentadita en una cama, y cinco cadáveres.

En el tiempo transcurrido he reflexionado sobre esa muerte. Me he preguntado si mi hija, si todos los que mueren como ella, tenían otro camino. La respuesta brota de lo más profundo de mi corazón y quiero que mis amigos la conozcan. Vicki pudo elegir otros caminos que eran distintos sin ser deshonrosos, pero el que eligió era el más justo, el más generoso, el más razonado. Su lúcida muerte es una síntesis de su corta, hermosa vida. No vivió para ella: vivió para otros, y esos otros son millones. Su muerte sí, su muerte fue gloriosamente suya, y en ese orgullo me afirmo y soy yo quien renace de ella.

Esto es lo que quería decir a mis amigos y lo que desearía de ellos es que lo transmitieran a otros por los medios que su bondad les dicte.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar

jueves, 16 de septiembre de 2010

16 de septiembre de 1976: La Noche de los Lápices

El 16 de septiembre es una fecha que, además de haber sido fijada en el calendario escolar por diferentes legislaciones, debe su impulso a quienes la sintieron como propia desde la recuperación de la democracia: los estudiantes.

Este día, que recuerda un hecho represivo conocido como La Noche de los Lápices, trae a la memoria a un grupo de jóvenes estudiantes secundarios que fueron secuestrados por la última dictadura (1976 – 1983) en la ciudad de La Plata. La fecha es hoy un aniversario de alcance nacional y el suceso es conocido mundialmente porque en él se sintetizan muchos de los elementos más profundos de las memorias sobre el terrorismo de Estado, y porque se trata de un hecho que atacó centralmente a los jóvenes.

Constituye un hito de la memoria social por el valor que tiene para reflexionar acerca de la construcción de esa memoria y sus transformaciones en función de los cambios del presente. La Noche de los Lápices permite trabajar en torno a dos de las preguntas centrales que deben atravesar cualquier acercamiento al pasado reciente: ¿qué se recuerda y cómo se recuerda?

¿Qué se recuerda?
A mediados de septiembre de 1976 en la ciudad de La Plata un grupo de estudiantes secundarios fue secuestrado por las Fuerzas Armadas. Entre ellos estaban: Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini, Pablo Díaz, Patricia Miranda, Gustavo Calotti y Emilce
Moler.

Durante su secuestro, los jóvenes fueron sometidos a torturas y vejámenes en distintos centros clandestinos, entre ellos el Pozo de Arana, el Pozo de Banfield, la Brigada de Investigaciones de Quilmes y la Brigada de Avellaneda. Seis de ellos continúan desaparecidos (Francisco, María Claudia, Claudio, Horacio Daniel y María Clara) y sólo cuatro pudieron sobrevivir, Pablo Díaz, Gustavo Calotti, Emilce Moler y Patricia Miranda. Este episodio, por lo tanto, constituye uno de los crímenes de lesa humanidad cometidos por el terrorismo de Estado.

La mayoría de los jóvenes tenían militancia política. Muchos habían participado, durante la primavera de 1975, en las movilizaciones que reclamaban el BES (Boleto Estudiantil Secundario), un beneficio conseguido durante aquel gobierno democrático y que el gobierno militar de la provincia fue quitando de a poco –subiendo paulatinamente el precio del boleto- a partir del golpe del 24 de marzo de 1976. Por otro lado, buena parte de los estudiantes integraba la UES (Unión de Estudiantes Secundarios) y la Juventud Guevarista, entre otras organizaciones.

¿Cómo se recuerda?
En su libro Los trabajos de la memoria, Elizabeth Jelin explica que la memoria, en tanto herramienta para procesar el trauma social, tiene tres características centrales: es un proceso subjetivo que está anclado en experiencias y marcas simbólicas y materiales; es un objeto de disputa, existen luchas por la memoria y por eso se habla de memorias en plural y no en singular; es un objeto que debe ser historizado porque el sentido del pasado va cambiando
con la aparición de nuevos testimonios, nuevas pruebas judiciales y con las transformaciones políticas y sociales.

La memoria sobre La Noche de los Lápices es un ejemplo paradigmático en este sentido porque fue cambiando a la par de las transformaciones de la memoria social. En primer lugar, el episodio fue conocido porque alcanzó resonancia pública durante el Juicio a las Juntas Militares, en el año 1985, cuando Pablo Díaz, uno de los jóvenes sobrevivientes, narró su historia ante la
justicia. Un año después de ese testimonio, la historia de “los chicos” de La Noche de los Lápices logró amplificarse a través del libro escrito por los periodistas Héctor Ruiz Núñez y María Seoane, y la película, basada en éste, dirigida por Héctor Olivera.

El libro tuvo más de 10 ediciones y la película sigue siendo, aún hoy, una de las más vistas en las escuelas a la hora de recordar lo sucedido. Es decir, que ambos objetos culturales tuvieron una enorme eficacia para transmitir este hecho. Sin embargo, ambas representaciones, por la época en las que fueron realizadas, evitan mencionar un dato central de la historia: la pertenencia política de la mayoría de los jóvenes secuestrados. La narración del libro y la
película describe a los jóvenes como “apolíticos” y en ese sentido impide conocer una parte fundamental de la historia argentina reciente.

A su vez, en aquellos primeros años de la democracia, La noche de los lápices funcionó como una bandera para los centros de estudiantes que volvieron a abrirse o se conformaron por aquel entonces. El episodio estaba protagonizado por jóvenes estudiantes, lo que provocaba –y provoca- una fuerte identificación y el peso del relato estaba en la lucha estudiantil por el boleto de 1975, una causa que puede convocar adhesiones aún hoy en día.

Fue con el paso del tiempo y las profundizaciones en la historia argentina reciente que la figura de los jóvenes secuestrados adquirió características más complejas. Es decir: su lucha como estudiantes pudo ser inscripta en la historia mayor de las importantes movilizaciones sociales de la década del setenta.

Esto no relativiza el peso del aniversario, sino que, por el contrario, muestra el carácter vital que la memoria tiene, cuando las sucesivas generaciones se apropian de un hecho del pasado desde sus preocupaciones del presente.

La fecha de La noche de los lápices permite condenar al terrorismo de Estado. Es, a su vez, una invitación a recordar la vida de aquellos jóvenes que lucharon y participaron para construir un futuro mejor. Y puede, por último, constituirse en una ocasión propicia para acompañar el homenaje con un ejercicio reflexivo en torno a la construcción social de la memoria. Para este
ejercicio ofrecemos una selección de testimonios de dos de los sobrevivientes que narran, cada uno desde su experiencia subjetiva, lo sucedido en aquel entonces. La lectura de estos relatos ayuda a visualizar que la memoria, en tanto objeto de disputa, reclama nuestra activa participación para arribar al piso de verdad y justicia que anhelamos.

El testimonio como una herramienta para la construcción de la memoria

Testimonios de Pablo Díaz

Las primeras noticias que alcanzaron difusión sobre la matanza de los jóvenes militantes se deben a la actividad pública de Pablo Díaz. Para reflexionar sobre esas transformaciones ponemos a disposición dos testimonios de Pablo Díaz, uno de 1985, el que brindó en el Juicio a las Juntas, y otro ofrecido al historiador Federico Lorenz en el año 2003.

Año 1985
El 9 de mayo de 1985, Pablo Díaz testimonió en la Sala de Audiencias de la Cámara Federal durante el Juicio a las Juntas Militares:

Pablo Díaz: -El 16 de setiembre de 1976, en procedimientos son levantados chicos, estudiantes, yo era estudiante secundario en ese momento, yo me entero de esto al día siguiente por una relación que habíamos tenido, por un pedido de boleto escolar secundario; me interiorizo con amigos, pienso en ir a presentarme a una comisaría e ir a verlos, yo creía que estaban en comisarías, no lo hago, dejo pasar el tiempo, el 21 de setiembre de 1976 a las cuatro de la mañana se detienen cuatro vehículos, esto lo sé cuando, que eran cuatro vehículos...

Dr. D’Alessio: -Perdón, para no perder el hilo cronológico, ¿qué relación explicó Ud. Tenía con otros muchachos que habían sido detenidos?

-Porque después los veo en campos de concentración.

-No, me refiero a qué vinculación tenía Ud.

-Por el boleto escolar secundario, por el pedido que habíamos ido a hacer y por la relación del grupo de la Coordinadora de Estudiantes Secundarios que había en la ciudad de La Plata, éramos varios chicos de colegios secundarios todos de edad de catorce a dieciocho años y nosotros habíamos ido al Ministerio de Obras Públicas, en ese momento manejaba el transporte y fuimos viéndonos. De vista no nos conocíamos en sí, yo después cuando me encuentro con ellos en distintos campos donde estuve voy relacionando todo esto y después por los interrogatorios que me hacen a mí”.

Año 2003

Pablo Díaz: -Yo al principio le tenía mucho temor al qué dirán y le tenía mucho temor al que me separen.

Federico Lorenz: -¿Cómo “que me separen”?

Que por el hecho de haber estado militando políticamente en alguna organización que adhería a organizaciones guerrilleras me separen desde los prejuicios. Porque yo siempre decía (...) ‘Esto es lo que me pasó, pero déjenme entrar, hay algo más. Ahora que me tienen, que se avergüenzan con lo que me pasó, que sufren con lo que me pasó’... ‘¡Ah, militaba!’. Si yo les decía “militaba y me pasó esto” creía que me iban a sacar de la inocencia. Porque, ¿cuál es el tema? Yo después tenía que remontar... [A] los chicos de los lápices no les tendría que haber pasado eso, pero a los que eran de las organizaciones guerrilleras, no, no, no, a nadie le tendría que haber pasado todo esto. Sabía que cuando había una pregunta tenía que volver a remontar porque no se había entendido nada lo que yo quería decir.

Creo que tuve un proceso igual al de muchas madres: ‘No, mi hijo era inocente’. No, mi hijo no militaba en nada (...) Quedó muy pegado, y yo me siento responsable de lo que hice. No, claro, hablaba del boleto estudiantil, pero la conciencia inicial fue política para llegar a la lucha del boleto estudiantil. Lo decidíamos políticamente dentro de nuestras organizaciones”.

Testimonio de Emilce Moler

A continuación transcribimos una entrevista a Emilce Moler, publicada en la revista El Monitor Nº 14, realizada por Inés Tenewicki e Inés Dussel. Salió publicada en el 31º aniversario de La Noche de los Lápices bajo el título “No soy sólo una sobreviviente”. Durante al conversación, Moler polemiza con la versión difundida en la década del ochenta a través del libro y la película La noche de los lápices.

“Emilce Moler es una de los cuatro sobrevivientes del operativo llevado a cabo entre el 9 y el 21 de septiembre de 1976, conocido como "La noche de los lápices". Esa noche una banda de encapuchados secuestró a un grupo de adolescentes, militantes de distintos colegios de esa ciudad. María Claudia Falcone, María Clara Ciochini, Horacio Húngaro, Claudio de Acha, Daniel
Racero y Francisco Muntaner continúan desaparecidos. Pablo Díaz, Gustavo Calotti y Patricia Miranda son el resto de los sobrevivientes.

Emilce tenía 16 años, cursaba 5° año en el Bachillerato de Bellas Artes y era una estudiante aplicada cuando los gritos de la represión irrumpieron en su casa y la encontraron en piyama.

Aunque se define como de un perfil muy bajo, militaba porque, según afirma: "En esos años era imposible no hacerlo, y yo tenía claro que quería trabajar para que no hubiera más pobres".

Hoy es profesora de Matemática, máster en Epistemología y doctora en Bioingeniería; se especializa en la enseñanza de la matemática y procesamiento de imágenes médicas y de antropología forense. También se desempeña en la Secretaría de Políticas Universitarias del Ministerio de Educación de la Nación. En su calidad de ex detenida desaparecida, trabaja en organismos de derechos humanos nacionales e internacionales, colaborando para llevar a la Justicia a los represores y para difundir entre los jóvenes la memoria de lo ocurrido durante la última dictadura militar. Aunque cree que en los últimos años hubo grandes avances, le preocupa que el ejercicio de la memoria y la condena social a los genocidas no sean vinculados con las condiciones que permitieron que aquello ocurriera ni ayuden a comprender de manera integral el presente.

La Noche de los Lápices

Emilce es bajita, locuaz, inquieta. En sus gestos se mezclan la fuerza y el dolor. Polemiza severamente con la versión cristalizada en el libro La noche de los lápices de María Seoane y Héctor Ruiz Nuñez, y luego en la película -de Héctor Olivera-, según la cual su secuestro y el de los otros chicos estuvo relacionado con la lucha por el boleto estudiantil. "Nos detuvieron porque éramos militantes de la UES, no fuimos 'víctimas inocentes'". En esa versión, ella no aparece dentro del grupo de chicos secuestrados. "Soy una doble desaparecida. ¿Por qué, si yo fui secuestrada esa noche con todos esos chicos, no aparezco en ese relato?". Esto la llevó gradualmente a protagonizar el relato de su vida. "Era parte de lo que yo viví. No podía correrme".

-¿Cuál es tu relación con el relato de La noche de los lápices?

-La Noche de los Lápices como tal es una construcción que salió a la luz a fines de la década del 80. Fue difícil para mí encontrar ese relato porque yo no aparezco. De todos modos, nunca quise salir a decir: "Esto no es cierto", porque les daba pie a aquellos que pueden decir: "Al final, no era cierto lo de los desaparecidos". La discusión fue porque yo quería plantear mi militancia, quería leer los manuscritos y no hubo acuerdo con la autora. Entre otras cosas, porque nuestras detenciones no se debieron solo al boleto estudiantil. Pero resultó muy doloroso que no me integraran a una historia donde estuve.

-¿En qué momento tomaste la posta de tu relato?

-De a poco fui poniéndome a la cabeza y dije: "Mi vida la cuento yo". Muchas de las cosas que dije públicamente fueron para contrarrestar esta historia. Para que cuando mis hijos cuenten que su madre fue detenida- desaparecida, les crean. No sé cómo hubiera sido mi vida sin este episodio. Sería una ex detenida más, estaría dando testimonio, pero no hubiera sido mi eje, porque para mí es un esfuerzo. Tuve que aprender a hablar en público, a manejarme con los medios. Yo tengo otra vida. Hice todo para no ser solo sobreviviente.

Testimonio

Primero estuvo desaparecida en el llamado Pozo de Arana y en otros dos centros clandestinos; luego, desde enero de 1977 hasta abril de 1978, encarcelada en Villa Devoto a disposición del PEN, y un año más bajo libertad vigilada en Mar del Plata. Cuenta que durante los años de su detención convivían dentro de ella con igual intensidad la cotidianidad y el horror. Tanto, que mientras no podía tocarse el cuerpo por efecto de la tortura, la desvelaba quedarse libre por faltas en el colegio o no llegar a recibirse.

Su familia era antiperonista y pertenecía a la clase media de La Plata; su padre, comisario retirado; ella hizo la primaria en un colegio de monjas y "era re gorila". Sin embargo, cuando la detuvieron, pertenecía a la agrupación peronista Unión de Estudiantes Secundarios (UES), como sus primos mayores, sus compañeros de estudio, sus amigos.

-¿Cuándo comenzaste a notar el valor de tu testimonio?

-Si bien yo ya había testimoniado en el 86 contra Ramón Camps, el impacto de ser sobreviviente lo sentí con el equipo de Antropología Forense, ante las preguntas que me hacían: "¿Te acordás si tenía un pantalón de corderoy? Porque hay restos de ropa en las fosas". Y la única persona que vio que se había cambiado el pantalón a último momento era yo. Fue muy fuerte, primero
tratar de conectarme con las personas y devolver los pedazos de relato que tenía; y segundo, contar el "adentro". Los ex detenidos tenemos esa responsabilidad social.


-¿Cómo contás tu vida? ¿Cómo contás lo que pasó?

-Yo me ubico como una militante de aquellos años. Yo empecé a militar en el 75. Estaba en cuarto año y tenía 16 años. Los mayores eran los que hablaban y llevaban las cosas adelante.

Lo mío era muy chiquito, pero muy comprometido. Yo dejaba la vida. Y en el 75 decidí entrar en la UES. En julio del 76, empezaron a caer mis amigos. Y tuve que plantear la situación e irme de mi casa. Cuando estaba en la escuela, yo venía con toda la cuestión de lo religioso, hasta que me empezaron a explicar que sí era posible que no hubiera pobres. Fue la motivación más fuerte. Yo ya había estado escondida en muchas casas, ya estaba harta... Seguía yendo a la escuela; estudiar, no lo postergaba por nada. Mi viejo me explicó: "Mirá que te picanean", que era lo que le estaban contando a él. Eso me preparó para la detención y la tortura. Lo que viví después ahí adentro es inimaginable, te supera.

-¿Eras consciente del peligro que corrías?

-Para mí, esa noche era prácticamente una "crónica del secuestro anunciado"... Dentro de ese caos, yo sabía dónde estaba parada. Primero me llevaron al "Pozo de Arana", la primera semana con todos los chicos y todas las chicas. Cuando llegamos al lugar, nos desnudaron y nos empezaron a hacer preguntas; ya en una situación de máxima vulnerabilidad. El que me interrogaba era una persona grandota, no le respondí lo que me preguntó y me pegó mucho.

¡Cuánto odio tiene que haber habido! Esto demuestra lo que representábamos más allá de las edades, de los cuerpos: éramos el enemigo. Las cosas empeoraron cuando se enteraron de que era hija de un policía, porque mi papá me estaba buscando.

El 23 de septiembre, nos sacaron a todos en un camión y empezaron a bajar a Claudia, a María Clara, a Horacio, que eran los chicos que yo reconocía. Ahí se bifurcó la historia; yo seguí con Patricia, Gustavo y otras personas más. Nos llevaron a la brigada de Quilmes y en diciembre nos comunicaron que estábamos a disposición del Poder Ejecutivo. Yo no sabía ni qué era eso. Nos trasladaron y después entré a Devoto en enero del 77, con 17 años. Salvaba la vida. Sin embargo, para mí ese fue uno de los peores momentos.

En el centro clandestino vivíamos atados al minuto a minuto. Tenés la mano atada y en lo único que pensás es en cómo podés hacer pis. En la celda, empecé a reconocer algunos lugares. Pensaba: "Sí, tengo la vida por delante, pero acá adentro".

-¿Qué proyectabas en esos días?

-Ya había calculado que me iba a quedar libre en la escuela y para mí era un drama. En Devoto estudiaba. Tenías que llenar las horas ahí adentro cuando te sacaban la lectura, te sacaban todo. Lo mío era el arte, pero cada cosa que aprendía era una batalla ganada. Era estar bien de la cabeza, resistir.

-¿Cómo seguían tus relaciones con el resto de la gente que estaba afuera?

-Yo ya estaba de novia con el que es mi marido, eso fue muy importante. Una de las peores cosas que me pasó fue cuando mis amigos o gente conocida me marginaron. En el colegio, por ejemplo, mis compañeros festejaron la fiesta de la primavera. Cuando me enteré de eso, no puedo explicar lo que lloré.

-¿Ellos sabían lo que te estaba pasando?

-Se habían enterado porque fue un mega operativo. ¡Se llevaron a la hija del comisario! Fue un escándalo en La Plata. Yo pensaba: los jubilados que viven al lado de la casa de mi familia, que nos conocen desde que nacimos ¿no podían llamar? ¿Cuánta fue la propaganda desde el golpe hasta mi detención? De marzo a septiembre. ¿En ese tiempo les cambiaron la cabeza? Que no me digan que era miedo, fueron conductas horribles. Lo recalco mucho porque tiene que ver con la transmisión de la historia, la construcción de la memoria, el lugar donde estuvo cada uno.

-¿Cómo siguió la historia?

-Mis viejos ya se habían ido de La Plata. Yo nunca podía volver a La Plata porque era "irrecuperable". Malvendieron todo y se fueron a un departamento que tenían en Mar del Plata. Y me dieron la libertad vigilada. No podía juntarme con más de cinco personas, ni salir de la ciudad.

-¿Cómo te sentías?

-Podía caminar por la playa y eso me hacía bien. Pero tenía mucha, mucha angustia por la gente que quedaba. Eso fue una cuestión que marcó toda mi vida. Ahora es por los que no están.

Nunca más recuperás la integridad, la alegría. No quedó ninguno de mis amigos: de todos mis compañeros de los sábados, de las peñas y demás, muchos chicos platenses, amigos de inglés, de vóley... Tengo dos primos desaparecidos. Con toda esa historia, tenía motivos de sobra para ofrecer mi testimonio en un montón de casos.

-Vos decís: "No soy solo una sobreviviente" ¿Querés hablar más sobre esto?

-Cuando me dieron la libertad, el tema era cómo reconstruir. A mí me salvó el estudio. Porque el saber y el conocer era una cuestión de libertad y de poder para mí. Era un lugar donde no se podían meter ellos. Aunque nunca más pude recuperar el arte, fue otra pérdida muy grande. Pero además de ser docente e investigadora para mi es muy importante ser mamá.

-¿Por qué estudiaste matemática?

-Cuando quise inscribirme en la Universidad, todavía estaba bajo libertad vigilada. Cuando planteé estudiar una carrera, me contestaron que no. Yo les decía: "Pero ¿ninguna carrera?". Ahí surgió lo de la matemática. Debía buscar algo que no tuviera nada que ver con la realidad.

La transmisión

-¿Y cómo es la experiencia de dialogar con los alumnos en las escuelas?

-Desde 1985, voy a escuelas de todo el país a dar charlas. Y la recepción no es homogénea. Por ejemplo, fue terrible cuando se instaló el 16 de septiembre como fecha recordatoria en la Provincia de Buenos Aires. Nadie estaba preparado para saber qué decir. Entonces, con buena intención, me llamaban. Y yo, ¿qué soy? ¿La figurita de Billiken? Si no saben qué decir y me ponen a mí, no sirve. Ahora, trato de no ir a escuelas si no hay un trabajo previo y uno posterior. Para mí significa un desgaste muy grande ir a dar una charla.

-Claro, te hace revivir un montón de cosas...

-Me quiebro a veces emocionalmente cuando veo a las chicas y a los chicos, porque tomo conciencia de lo que era yo. Es una carga muy intensa y no la quiero perder, ni ponerme el cassette. Aunque diga siempre lo mismo, quiero tener el corazón abierto para poder recibir también. Me he sentido muy mal en muchos lugares porque no saben nada. Allí no me necesitan a mí, necesitan a un profesor de Historia. Cuando ese proceso esté maduro, ahí sí. Es otra cosa cuando voy a lugares donde trabajaron el tema, las preguntas son distintas y entonces sí empieza a tener sentido mi presencia.

-Tampoco es menor el hecho de que una sea docente. No resulta fácil, porque para llegar a los chicos no basta con ser sobreviviente y contar. En mi caso, creo que se da porque soy docente y tengo hijos. Antes, cuando observaba a los chicos con un trabajo serio, yo salía muy reconfortada. Ahora noto la misma situación en algunos lugares; en otros, una sobresaturación de todo esto. No veo una comprensión en el hoy. Es decir: existe una condena social a la dictadura, lo cual no es menor. Pero no hay una vinculación con lo que se vive hoy.

-Por ejemplo, eso se ve en el rechazo a los piqueteros. En el 2003, los mismos chicos que me llamaban para una charla se indignaban: "¡Qué barbaridad!". Al rato se quejaban: "Mirá los negros con los palos". Observo que en algunos lugares hay una condena a la dictadura y a los genocidas, pero no ven esos atisbos de hoy en estas cuestiones que permitieron esa dictadura. Eso está faltando.

-Antes de las acciones de Kirchner, era predicar en el desierto. Ahora hay que ver qué se hace porque también existe una sobresaturación. Es necesario ponerle mucho más contenido, pero en el hoy, en la construcción de la ciudadanía, en los valores, la solidaridad.

-Cuestiones más complejas también...

-Muchas veces me pregunto: ¿por qué me llaman a mí? Porque soy docente, universitaria, rubiecita, doctora, no anduve con armas. De la cuestión armada no se habla todavía. Yo les caigo bien a todos. Después, con ese tonito digo lo que pienso, bajo línea. No es bueno eso, porque significa que no hubo aprendizaje. Me llaman porque fuimos "víctimas inocentes". Recién ahora, con estas políticas nacionales, se habla más. Pero nadie cuestiona "La noche de los lápices" desde ningún lugar. Porque éramos unos pobres chicos del secundario, reclamando por el boleto estudiantil y nos mataron. Primero, que no éramos eso; y segundo, que no alcanza para comprender el hoy.

-¿Cuál es el problema central para transmitir la historia reciente?

-La formación de los docentes. Cuando hablamos de la transmisión de la memoria, no va de los adultos a los jóvenes sino que es de los adultos a la generación de quienes hoy son docentes, los de treinta y pico. Si ellos no conocen la historia, mal pueden transmitirla. Yo tuve que leer mucho para poder dar respuestas, debo estar formada para poder transmitir. Haber vivido esta historia no me habilita para hacerlo automáticamente. El testimonio de una sobreviviente tendría que ser una cosa muy acotada, para testimoniar que sucedió así, para que no queden dudas.

-Pero no deberíamos ser nosotros quienes nos ocupamos de la pedagogía de la transmisión de la memoria. ¿Qué te preguntan? Sobre la tortura. Si no lo planteás, parece que no hubo. Si lo planteás, resulta morboso. Yo hago una especie de elipsis y le dejo al profesor que aborde el tema. Les explico: "Esto lo pueden leer. Ahora hay muchos libros, léanlo". Antes no había nada y te las tenías que arreglar. En el año 88, te preguntaban delante de todo el mundo: ¿y cómo torturaban? Si no contestabas, parecía que no era cierto. ¿Hay que contar, no hay que contar?

-Creo que no tiene que ser una la que cuente. Yo trabajo mucho estos temas. Y me gusta la película Metidos en algo para trabajar con los chicos desde la ficción.

-Es necesario observar la relación con el hoy. Yo trabajo mucho con docentes, en grupos de estudio -sobre todo de Mar del Plata- vemos los materiales, los analizamos. Me encuentro en un doble rol como docente: sobreviviente y transmisora.

Propuestas para la reflexión

En estas propuestas, invitamos a reflexionar sobre la época en la que se produjo La Noche de los Lápices, y sobre los modos en que este episodio fue reinterpretado a lo largo del tiempo.

a) Para poner en contexto La Noche de los Lápices es importante señalar que se produjo durante la última dictadura militar caracterizada por la implementación del Terrorismo de Estado. El terror se utilizó como instrumento de disciplinamiento social y político de manera constante. Una característica distintiva del Estado terrorista fue la desaparición sistemática de personas, pero al mismo tiempo también se cometieron asesinatos y episodios confusos de muerte que abonaron a la diseminación del terror en toda la trama social. A partir de reponer esta información se puede conversar con los estudiantes sobre: qué otros casos de represión durante la dictadura conocen; cómo se denunciaron y quiénes se organizaron para hacerlo.

b) Les proponemos que busquen en el Informe Nunca Más de la CONADEP las secciones que aluden a la represión a los jóvenes y estudiantes. Presten atención, hacia el final, a los porcentajes por edad de los desaparecidos. Discutan posibles explicaciones para esas cifras.

c) Como material complementario se ponen a disposición algunos testimonios de los sobrevivientes de La Noche de los lápices, recogidos en distintos momentos. Proponemos leer los testimonios y luego conversar acerca de las diferencias que encuentran entre uno y otro. Por un lado, se pueden comparar los dos testimonios de Pablo Díaz entre sí, y analizar qué cambios hay entre uno y otro y porqué ocurrieron esos cambios. A su vez esos testimonios pueden ser comparados con el de Emilce Moler para ver los parecidos y las diferencias.

d) La lectura de los testimonios puede contribuir a que los estudiantes formulen una definición del término memoria: ¿Qué es la memoria? ¿Cuáles son sus características? ¿Qué diferencias tiene con la historia? ¿Por qué los testimonios son importantes para la construcción de la memoria social?

Fuente: educ.ar

Informe especial sobre "La Noche de los Lápices"

sábado, 27 de junio de 2009

El hilo que une 1955 con 1976


El número de muertos identificados asciende a 308. Los nombres de los participantes, como Emilio Massera, Oscar Montes y Guillermo Suárez Mason remiten a la última dictadura. Se reveló cuáles fueron las zonas más atacadas y las bombas que se usaron.

Existe un hilo conductor entre el bombardeo a la Plaza de Mayo de 1955 y el golpe de Estado de 1976: hubo una continuidad política y nombres de personas que enlazan uno y otro momento. Esa es la conclusión más importante a la que arribó el Equipo Especial de Investigación del Archivo Nacional de la Memoria que durante los dos últimos años investigó por primera vez en 54 años la masacre del 16 de junio de 1955. El secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, entregó ayer a la prensa el informe detallado con nombres, armas, datos de las más de cien bombas que se tiraron, localizaciones y un listado depurado de 308 víctimas identificadas de forma preliminar.

El documento de apenas ocho páginas es una revisión del caso y suma resultados de un meticuloso rastrillaje en archivos, diarios, registros de hospitales, morgues, cementerios, datos de la CGT y numerosos testimonios de familiares, enfermeros, historiadores y funcionarios de la época. A partir de esos datos, ahora se sabe, por ejemplo, cuáles son las zonas de la Plaza más bombardeadas o los misiles que se usaron. Pero como muchos de los responsables civiles y militares sobrevivieron con hidalguía a varios gobiernos y siguen en libertad, también se puede entender por qué durante tantos años la Plaza fue un lugar de muertos incómodos y anónimos.

El número de muertos identificados asciende hasta ahora a 308, de los cuales 183 tienen partida de defunción y 125 están sin partidas pero con otros documentos que vinculan la muerte al bombardeo. La cifra también reorganiza el dato original de 386 muertos, en una lista con errores y nombres repetidos.

Según el informe, en el bombardeo intervinieron miembros de la Marina y en menor medida de la Fuerza Aérea. El Ejército se mantuvo leal al gobierno por lo menos durante los siguientes tres meses. En “connivencia con sectores políticos y eclesiásticos”, las Fuerzas Armadas “descargaron sus bombas y ametralladoras” contra la población civil “como forma de implantar el terror y el escarmiento, para lograr la toma del poder”.

Se hallaron fotografías de aviones que llevaban pintados a mano sobre el fuselaje la sigla MR (Movimiento Revolucionario) y el signo “Cristo vence” con la cruz sobre la “V”. Tiraron “más de cien bombas con un total de entre 9 y 14 toneladas de explosivos”. La mayoría cayó en Plaza de Mayo y Colón, y la franja de terreno cerrado entre Leandro N. Alem y Madero, desde el Ministerio de Guerra (Edificio Libertador) y la Casa Rosada, hasta la Secretaría de Comunicaciones (Correo Central) y el Ministerio de Marina.

El objetivo era “bombardear la zona céntrica de la Plaza de Mayo, para matar al presidente Juan Domingo Perón, al precio de destruir la Casa de Gobierno con todos sus ocupantes”. Pero ese objetivo se desdibuja cuando el informe compara la cantidad y zona de los muertos: sólo 12 de las más de 300 víctimas mortales (4 por ciento) estaban adentro de la Casa de Gobierno. “Ahí impactaron 29 bombas, de las que estallaron 6. El resto de las bombas, proyectiles y fusiles semiautomáticos FN de fabricación belga que los infantes de Marina estrenaron ese día estuvieron dirigidos a la población.”

En el despliegue hubo tres centenares de civiles armados en Comandos Civiles. Serían apoyo en el asalto a la Casa Rosada y actuaron en acciones colaterales como la ocupación de la Radio Mitre, en donde lanzaron una proclama que dio por muerto “al tirano” Perón.

Una de las revelaciones más impactantes es indicio de por qué nunca se investigó la masacre. Duhalde dice que el propósito era “instaurar un triunvirato civil integrado por Miguel Angel Zavala Ortiz, dirigente de la UCR, Américo Ghioldi del Partido Socialista y Adolfo Vicchi del Partido Conservador”. Zavala Ortiz tripuló uno de los aviones, huyó en la aeronave a Uruguay como muchos otros, volvió después del golpe del 16 de septiembre y luego como canciller de Arturo Illia acordó con el gobierno brasileño frenar el primer retorno de Perón del 2 de diciembre de 1964. Años más tarde, durante el gobierno del radical Enrique Olivera en la ciudad de Buenos Aires colocaron su nombre a la placita de Leandro N. Alem y Rojas. En tanto, Ghioldi saludó un año después los fusilamientos de José León Suárez y fue embajador en Portugal de la dictadura de Videla.

Duhalde señala que el comienzo estuvo en el 17 de octubre de 1945, y de la alianza que integró la oposición a Perón: una “coalición política y oligárquica” auspiciada por el embajador de Estados Unidos Spruille Braden y el ex presidente de la Sociedad Rural Argentina Antonio Santamarina.

Pero hay otras piezas importantes: los nombres que atan 1955 con 1976. Los tres ayudantes del contraalmirante Aníbal Olivieri, ministro de Marina y jefe de la conspiración eran los capitanes de fragata Emilio Massera, Horacio Mayorga y Oscar Montes. Massera integró la Junta Militar después de 1976, Mayorga estuvo involucrado en la masacre de Trelew y Montes fue canciller de la dictadura. Los pilotos fugados a Uruguay fueron recibidos por Guillermo Suárez Mason, prófugo de la Justicia argentina desde su participación en el intento de golpe de 1951 y luego poderoso comandante del Primer Cuerpo del Ejército de la dictadura. Entre los pilotos y tripulantes de aviones estaba Máximo Rivero Kelly, acusado de delitos de lesa humanidad como jefe de la Base Almirante Zar de Trelew y de la Fuerza de Tareas 7 de la zona norte de Chubut. Horacio Estrada, jefe del grupo de tareas de la ESMA; Eduardo Invierno jefe del servicio de Inteligencia Naval en la dictadura; Carlos Fraguio, jefe de la dirección general naval en 1976 con responsabilidad en los centros de detención como la EMSA y la escuela de suboficiales de la Marina. También Carlos Carpineto, secretario de prensa de la Armada en 1976; Carlos Corti su sucesor y Alex Richmond, agregado naval en Asunción. De la Fuerza Aérea, Jorge Mones Ruiz fue delegado de la dictadura en la SIDE de La Rioja y Osvaldo Andrés Cacciatore luego fue intendente de la Ciudad de Buenos Aires.

Por Alejandra Dandan

domingo, 2 de diciembre de 2007

Democracia para siempre

Fin del Proceso de Reorganización Nacional. Raúl Alfonsín jura como Presidente de la Nación, y pronuncia su histórica frase "la casa está en orden".