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jueves, 17 de marzo de 2011

Fragmentos del testamento de Juan Manuel de Rosas

Southampton, veintiocho de agosto de mil ochocientos sesenta y dos.

En el nombre de Dios todopoderoso, y el de María, su Santísima Madre, yo, Juan Manuel Ortiz de Rosas y López, por el presente renuevo éste mi Testamento, que escribo en mi entero juicio, con mi propia mano, y completamente bueno.

1- Como desde mi juventud he tenido siempre hecho mi testamento, que he renovado muchas veces, según lo he necesitado, declaro sin ningún valor, en ningún tiempo ni casos, todos y cada uno de los anteriores.

2- Nombro por mi Albacea al Honorable Lord Vizconde Palmerston, con facultad para nombrar otro en su lugar en los casos que le fueren necesarios. En el de su muerte, nombro a la persona que desempeñe el Ministerio de Relaciones Exteriores del Gobierno de Su Majestad Británica. Así procedo porque, habiendo el Gobierno de Buenos Aires confiscado injusta e ilegalmente mis bienes, entre los que están envueltos los de mi hija, Manuelita de Rosas de Terrero, que tiene dos hijos ingleses, los más de diez años que tengo de residencia en este país, sin haber salido fuera de sus límites ni un sólo día, con una conducta honrada, y las tan finas como amistosas consideraciones con qué me ha favorecido el Honorable Lord Vizconde Palmerston, me impulsan, y animan, a ésta elección.

3- Mi funeral debe ser solamente una misa rezada, sin pompa ni aparato alguno.

4- Mi cadáver será sepultado en el cementerio católico de Southampton, en una sepultura moderada, sin lujo de clase alguna, pero sólida, segura y decente, si es que hay como hacerlo, así con mis bienes, sin perjuicio de mis herederos.
En ella se pondrán a la par de los míos los de mi compañera Encarnación, y los de mi padre y madre, si el gobierno de Buenos Aires lo permite, previa la correspondiente súplica. (...)

6- A nadie debo algo ni en dinero, ni en cosa alguna que lo valga, pero cuando mis bienes me sean devueltos, hay que pagar las cuatro mil libras esterlinas, que debo entonces devolver y entregar con los intereses correspondientes, según las contratas que están en mi poder. (…)

7- Soy acreedor del estado de Buenos Aires por el importe de (116.000) ciento diez y seis mil reces, novillos y vacas gordos, cuarenta mil seiscientas ovejas, todo de mi propiedad consumidos los unos y empleados los otros en los ejércitos de Buenos Aires. (…)

8- Todo cuanto me deben los pobres lo cedo en su beneficio. (…)

10- Todas las alhajas que tiene mi hija, Manuelita de Rosas, de Terrero, que yo le compré, o le di son de su pura y legítima propiedad.

11- He entregado a mi dicha hija las escrituras de las cinco casas siguientes, que le pertenecen por herencia materna. - La que fue de Don Diego Agüero. - A ésta corresponde el jardín de los corredores, y su terreno. La que fue de Don Carlos Santa María. - De ésta es el patio de los cinco naranjos y una lima. - La comprada a Doña Rafaela de Arce.- (…)

12- A Eugenia Castro en correspondencia al cuidado con que asistió a mi esposa, Encarnación, a habérmelo recomendado ésta poco antes de su muerte, y a la lealtad con que me sirvió asistiéndome en mis enfermedades, se le entregarán por mi Albacea, cuando mis bienes me sean devueltos, ochocientos (800) pesos fuertes metálicos.

13- A la misma Eugenia Castro, pertenecen la casa que fue de su finado padre, el coronel Don Juan Gregorio Castro, cita, de la Concepción para el campo, la que le entregué como de su legítima herencia, y un terreno contiguo que para ella compré y regalé. (…)

Adiciones

(…)
2- La manda 4 la reformo del modo siguiente: Mi cadáver será sepultado en el cementerio católico de Southampton hasta que en mi patria se reconozca y acuerde por el gobierno la justicia debida a mis servicios.

Entonces será enviado a ella previo el permiso de su gobierno y colocado en una sepultura moderada, sin lujo ni aparato alguno, pero sólida, segura y decente, si es que haya cómo hacerlo así con mis bienes, sin perjuicio de mis herederos.

En ella se pondrá a la par del mío, el de mi compañera Encarnación, el de mi padre, y el de mi madre.

Cuando mi cadáver se conduzca al cementerio, que será dos días después de mi muerte, el carro fúnebre que lo lleve, será acompañado solamente de un coche con tres o cuatro personas. (…)

7- Cuando se casó Manuelita le regalé también un ejemplar del libro de la nobleza de mis antepasados. El otro que tengo, si no lo regalo antes de mi muerte, será entregado a mi hijo nieto, Manuel Máximo, a quien llamo “Nepomuceno José”, por recuerdo noble, amor y respeto a la memoria de su padre abuelo y del hermano de éste, mi padrino de casamiento, e inolvidable amigo, honorable y noble canónigo dignidad Don José María Terrero. (…)

9- La manda 20 que dice: “La mitad de mis libros impresos en español se entregará a mi hijo Juan y la otra mitad a Manuelita” queda reformada así: “Mis libros en español se entregarán a mi hija Manuelita. Muerta ésta a su esposo Máximo, muerte éste a sus hijos por escala de mayor edad”. (…)

30-El loro Blagard lo dejo a Máximo, muerto éste Manuelita, muerta ésta a Manuel Máximo, muerto éste a Rodrigo.*

*La ortografía ha sido modernizada para una mejor comprensión

lunes, 22 de noviembre de 2010

Descubrimiento del monumento en conmemoración de la Batalla de Vuelta de Obligado

Como parte de los festejos en conmemoración del 165º aniversario de la Batalla de Vuelta de Obligado, se inauguró un monumento ubicado sobre la costa del Río Paraná, en la ciudad de San Pedro.



Noventa buques mercantes
veinte de guerra, veinte de guerra.

Vienen pechando arriba
las aguas nuestras, las aguas nuestras.

Veinte de guerra vienen
con sus banderas, con sus banderas.

La pucha con los ingleses
quién los pudiera, quién los pudiera.

¡Que lo tiro a los gringos
una gran siete
navegar tantos mares
venirse al cuete,
que digo venirse al cuete!

A ver che Pascual Echagüe
gobernadores, gobernadores.

Que no pasen los franceses
Paraná al norte, Paraná al norte.

Angostura del quebracho
de aquí no pasan, de aquí no pasan.

Pascual Echagüe los mide
Mansilla los mata, Mansilla los mata.

¡Que lo tiro a los gringos
una gran siete
navegar tantos mares
venirse al cuete,
que digo venirse al cuete!

El 20 de noviembre de 1845 un millar de argentinos enfrentó a la armada anglo-francesa, la más poderosa del mundo. Ese enfrentamiento se convirtió en un símbolo de la soberanía nacional. A pedido del historiador José María Rosa, y por medio de la Ley Nº 20.770, se ha instaurado el 20 de noviembre como Día de la Soberanía Nacional, en conmemoración de la batalla de Vuelta de Obligado.

Revuelo de ponchos rojos



Han fusilado a Dorrego,
la patria está desangrando,
por la ambición del poder
la libertad peligrando.

Revuelo de ponchos rojos
pal'lado e la Guardia 'el Monte,
ya viene don Juan Manuel
trayendo la paz y el orden.

Qué viva el Restaurador,
grita el pueblo y se alboroza.
Viva la Federación
y don Juan Manuel de Rosas.

San Martín le dio su sable,
fundido en la independencia,
como premio a su valor,
su patriotismo y nobleza.

Porque serviles inciensos
nunca quemó para su gloria,
don Juan Manuel ha quedado
sepultado en nuestra historia.

Qué viva el Restaurador,
grita el pueblo y se alboroza.
Viva la Federación
y don Juan Manuel de Rosas.

Letra: Raúl Trullenque. Música: Roberto Rimoldi Fraga.

martes, 14 de septiembre de 2010

Rosas y la Vuelta de Obligado

En 1845, el puerto de Buenos Aires fue bloqueado por una flota anglo-francesa que intentaba obtener la libre navegación del río Paraná. El 20 de noviembre de 1845, siendo el general Juan Manuel de Rosas responsable de las Relaciones Exteriores del territorio nacional, tuvo lugar el enfrentamiento con fuerzas anglo-francesas conocido como la Vuelta de Obligado, cerca de San Pedro. El encargado de la defensa del territorio nacional fue el general Lucio N. Mansilla, quien tendió de costa a costa barcos sujetos por cadenas. La escuadra invasora contaba con fuerzas muy superiores a las locales. A pesar de la heroica resistencia de Mansilla y sus fuerzas, la flota extranjera rompió las cadenas colocadas de costa a costa y se adentró en el Río Paraná. Hemos seleccionado un texto de José María Rosa sobre este episodio.

Fuente: José María Rosa, Rosas, nuestro contemporáneo, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor, 1974, págs. 106-109.

El gran talento político de Rosas se revela en esta segunda guerra contra el imperialismo europeo: su labor de estadista y diplomático fue llamada genial por sus enemigos extranjeros… (…) Aunque resistir una agresión de la escuadra anglo-francesa formadas por acorazados de vapor, cañones Peissar, obuses Paixhans, etc., parecía una locura, Rosas lo hizo. No pretendía con su fuerza diminuta –cañoncitos de bronce, fusiles anticuados, buques de madera- imponerse a la fuerza grande, sino presentar una resistencia para que “no se la llevasen de arriba los gringos”. Artilló la Vuelta de Obligado y allí se dio anglo-franceses una bella lección de coraje criollo el 20 de noviembre de 1845. No ganó, ni pretendió ganar, ni le era posible. Simplemente enseñó –como diría San Martín- que “los argentinos no somos empanadas que sólo se comen con abrir la boca”, al comentar, precisamente, la acción de Obligado.

Cuando los interventores comprendieron que la intervención era un fracaso; que fuera de las ocho cuadras fortificadas –y subvencionadas- de su base militar en Montevideo, no podían tener nada más; cuando los vientos sembrados por los diplomáticos de Rosas en París y Londres maduraron en tempestades; cuando el mundo entero supo que los países pequeños y subsedarrollados pueden ser invencibles si una voluntad firme e inteligente los guía, ingleses y franceses se apresuraron a pedir la paz.

En 1847, vinieron Howden y Waleski para envolver a ese “gaucho” en una urdimbre diplomática. Se fueron corridos, porque Rosas resultó mejor diplomático que ellos. En 1848 llegaron Gore y Gross; ocurrió lo mismo. Más tarde, en 1849 Southern por Inglaterra y en 1850 Lepredour por Francia, aceptaron las condiciones de Rosas para terminar el conflicto. Hasta la cláusula tremenda de humillar los cañones de Trafalgar y Navarino ante la bandera azul y blanca –que de esta manera se presentó al mundo asombrado-, reconocieron haber perdido la guerra.

“Debemos aceptar la paz que quiere Rosas, porque seguir la guerra nos resulta un mal negocio”, dijo Palmerston en el Parlamento pidiendo la aprobación del tratado Southern. Y el Reino Unido no se estremeció por ello. Algo distinto pasaría en la patriotera Francia, pero finalmente Napoleón III debió resignarse a la derrota.

Así Rosas dio al mundo la lección de cómo los pequeños pueden vencer a los grandes, siempre que consigna eliminar los elementos internos extranjerizantes y atinen a manejar con habilidad y coraje sus posibilidades.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar