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lunes, 18 de octubre de 2010

La gente venía del sur

El 17 de octubre de 1945 - Testimonio de un obrero

A principios de octubre, durante el gobierno de Edelmiro J. Farrell, Perón fue obligado a renunciar a todos los cargos públicos que ocupaba con el objetivo de desarticular su programa político. Fue detenido y trasladado a la isla Martín García. El Comité Central Confederal de la CGT declaró una huelga general a partir de la hora cero del 18 de octubre “como medida defensiva de las conquistas sociales amenazadas por la reacción de la oligarquía y el capitalismo”. La iniciativa sindical fue, sin embargo, desbordada por las bases, y desde la tarde del 16 de octubre los obreros empezaron a dejar sus lugares de trabajo. El 17 de octubre de 1945, miles de trabajadores provenientes principalmente del cordón industrial del Gran Buenos Aires se acercaron a Plaza de Mayo reclamando la presencia de Perón. El gobierno debió finalmente ceder a la presión popular y el general fue trasladado a la capital. Por la noche, Perón pudo estrenar su saludo con los brazos en alto.

Relato testimonial de Sebastián Borro, un obrero que participó de la jornada aquel 17 de octubre, aparecido en La Opinión Cultural el 15 de octubre de 1972.

El 17 de octubre de 1945 me encuentra cumpliendo tareas en un establecimiento metalúrgico ubicado en Constitución, sobre las calles Luis Sáenz Peña y Pedro Echagüe. Yo tenía entonces 24 años de edad. Mi oficio era oficial tornero mecánico… En la mañana del 17 de octubre, aproximadamente a las 9, grupos de personas venían desde Avellaneda y Lanús avanzando hacia el centro de la ciudad. Pasaron por la calle Sáenz Peña, observaron que había un taller mecánico (donde trabajaban 130 personas) se acercaron a nosotros y nos dijeron: “Muchachos hay que parar el taller, hay que salir a la calle a rescatar a Perón”.

Las noticias que teníamos en ese momento eran que Perón estaba detenido y que todo lo que se hacía era para rescatarlo. Efectivamente, el taller paró y la gente salió a la calle. Algunos fueron a sus casas. Pero la gran mayoría siguió con los compañeros que venían del sur. Fuimos caminando hacia Plaza de Mayo y habremos llegado aproximadamente a las once y media, porque en el camino íbamos parando los diversos establecimientos de la industria metalúrgica y maderera que había por Constitución.

A esa hora no había tanta gente como la que hubo por la tarde, que cubrió toda la Plaza. En la marcha hacia allí se pintaban sobre los coches, con cal, leyendas como “Queremos a Perón”. También sobre los tranvías. La gente se paraba y reaccionaba a favor de la manifestación que iba a Plaza de Mayo para tratar de cumplir con la idea que tenían los que habían organizado eso. Perón había aplicado leyes nuevas y otras las había ampliado: pago doble por indemnización, preaviso, pago de las ausencias por enfermedad. Eran cosas que antes no se cumplían; hasta ese momento, donde yo trabajaba, no se cumplía ninguna de esas leyes. Le voy a decir más: creo que pocos días antes de su detención, Perón había conseguido un decreto por el que se debían pagar al trabajador los días festivos: 1º de mayo, 12 de octubre, 9 de julio, etcétera. Recuerdo que uno de los patrones nos dijo entonces: vayan a cobrarle a Perón el 12 de octubre (ya estaba detenido). Después del 17 de octubre cobramos ése y muchos días más.

Eran tan reaccionarios los patrones (me aparto un poco del 17 de octubre) que en enero de 1946, estando el capitán Russo en la Secretaría de Trabajo, la empresa en la que yo trabajaba fue citada tres veces. No se había presentado. Tuvo que ser intimado por la fuerza pública a concurrir a la Secretaría de Trabajo, donde algunos de nosotros éramos representantes del personal; no elegidos, porque no había organización gremial, sino porque éramos los más decididos. Uno de los patrones dijo que no tenía tiempo para pagar aguinaldo, vacaciones, a última hora. Le contestaron que la ley 11.729 fue aprobada en 1932. Y que todas las cuentas que no se habían hecho desde entonces habría que hacerlas ahora. Efectivamente, el 1º de febrero de ese año cobramos aguinaldo, pagos por enfermedad y tuvieron vacaciones los que quisieron tomárselas.

Siguiendo con el 17, llegamos a la Plaza; cada vez se hacía más entusiasta; había alegría, fervor. Frente a la Casa Rosada empezaron a armar los altavoces. Hablaron distintas personas, el coronel Mercante, Colom, que fue uno de los últimos oradores. Trataban de ir calmando a la gente: por cada intervención de los oradores, la reacción era más fervorosa a favor de Perón. Se decía que venían trabajadores del interior del país. No lo puedo probar. Recuerdo, sí, que era una tarde muy calurosa y la gente se descalzaba y ponía los pies en las fuentes, muchos por haber caminado tanto. Concretamente lo que yo presencié era la gente que venía del sur. Berisso, Avellaneda, Lanús, Lomas de Zamora. A medida que crecía la cantidad, en la Plaza de Mayo aparecían los carteles. Por primera vez yo observaba algo igual: nunca había visto una asamblea tan extraordinaria. Cuando el coronel Perón apareció en los balcones sentí temblar a la Plaza. Fue un griterío extraordinario que nos emocionó de tal manera. Todo parecía venirse abajo.

Unos días antes se decía que Perón estaba gravemente enfermo. Por los parlantes se había anunciado que el coronel Perón se encontraba bien de salud y que estaba en el Hospital Militar. En un momento, Colom dijo, más o menos: “Quédense que vamos a traer a Perón”. Mucha gente gritaba por Perón –quizá por primera vez- sin tener todavía conciencia clara de su actividad. Porque, además, la gran prensa trataba de desvirtuar la figura de Perón. La gente se enteraba a través de los delegados o los activistas pero no por la prensa, que casi en su totalidad estaba en contra. Aunque él había hablado en distintas oportunidades desde la Secretaría de Trabajo. Y se había hecho carne que era un auténtico defensor de los derechos del trabajador.

Nos causó mucho dolor saber que lo habían detenido pero –en lo que respecta a mí y un grupo de compañeros- sinceramente nos considerábamos impotentes, porque recién estábamos despertando, después de muchos años, en el país. Para otros –quizá- con anterioridad, pero a partir de ese 17 de octubre despierta la conciencia para nosotros. Se hace carne que al pueblo tiene que respetársele como tal, cosa que Perón proclamaba diariamente. De ahí que, si bien nos sentíamos impotentes, podíamos hacer algo: sacar a Perón de las garras de la oligarquía y colocarlo en el lugar que correspondía para que sea permanente una auténtica justicia. Es decir, ese idealismo que teníamos nunca lo habíamos vivido en el país. No creí que iba a haber tanta gente en la Plaza; lo que sí pensaba era que el agradecimiento del pueblo a Perón tenía que ser auténtico. Pero yo no conocía la reacción de la gente, hasta que la viví.

La Opinión Cultural, 15 de octubre de 1972

domingo, 27 de julio de 2008

Eva Perón, 19 años después

Fuente: Revista Panorama, 27 de julio de 1971.

Era un atardecer pesado de Buenos Aires. El sábado 26 de julio de 1952 no parecía vivirse un día invernal; sin embargo, a las 20.25 una corriente helada atravesó las barriadas más humildes, se enroscó en los hogares de la clase media, rozó el barrio Norte y se hundió en el centro mismo del sentimiento del país. A esa hora, Eva Duarte de Perón -Evita- fallecía, rodeada por su esposo, sus hermanos y el médico, Ricardo Finocchietto.

Un largo, infinito velatorio, se extendió por los días y las semanas siguientes: filas interminables de hombres y mujeres se agolpaban en el local de la Confederación General del Trabajo para ver el cuerpo muerto y embalsamado por el doctor Ara.

Durante 41 meses, el cadáver de “la Abanderada de los Humildes” reposó en la CGT. El 22 de diciembre de 1955 un piquete de oficiales de Ejército, bajo el mando del coronel Carlos Moore Koëning -jefe del Servicio de Inteligencia del arma- procedía a retirar del segundo piso de Azopardo 702 el ataúd con el cuerpo de la compañera de Perón. “Podía ser profanado o utilizado como bandera de una guerra civil. Por eso llegué a una conclusión: había que sacarlo de allí muy rápido”, arguyó el oficial ante Panorama, dos años atrás.

Aquellos eran los días más duros de la Revolución Libertadora: la palabra “revancha”estaba a la orden del día.

Historia de una búsqueda
Desde entonces el destino de los restos se convirtió en una de las incógnitas más apasionantes de la política argentina. Una incógnita que acaso llegue a develarse en las próximas semanas cuando Jorge Daniel Paladino -el virrey de Perón- viaje a España a conversar con el “Líder”. ¿Dónde han reposado el cuerpo o las cenizas de“la Dama de la Esperanza”durante estos años? Es casi posible enumerar las versiones y teorías que circularon para dar respuesta a esa pregunta. Primero se creyó que los restos pasaron a una guarnición. Más tarde quiso la leyenda que los ataúdes se multiplicaran hasta llegar a 25 y que otras tantas misiones -todas falsas, salvo una- llevaran esos sombríos presentes a puntos distintos: Bélgica, Alemania, el Vaticano. La literatura propuso un detalle: “el cuerpo está parado, vertical” hizo declarar Rodolfo Walsh al anónimo militar que protagoniza su cuento Esa Mujer. También se supuso que un organismo dependiente de la Marina se encargó de cremar los restos y sepultarlos en medio del Río de la Plata. ¿Quiénes son los poseedores del secreto? Uno de ellos, sin duda, era Pedro Eugenio Aramburu y quizás se lo llevó a la tumba.

Palabras, palabras
Manuel de Anchorena, -ex candidato a concejal de la UCRP-, estanciero nacionalista que últimamente corteja al General Perón, viajó la semana última de la Santa Sede. ¿Tal vez para lograr allí la devolución del cuerpo? Armando Puente, corresponsal de Panorama en Madrid, alcanzó a detectar las agitadas tramitaciones del embajador en Italia, almirante Argüelles y de monseñor Ángel Bonamín. Ellos se habrían reunido con Anchorena y con el flamante embajador argentino ante Franco, brigadier Jorge Rojas Silveyra para dar los pasos finales en la reaparición del cadáver. No obstante, la gestión fue recubierta de una discreción impenetrable.

El viernes pasado, horas antes de cumplir el rito anual del homenaje a Evita, Juana Larrauri -secretaria de la rama femenina del peronismo- arriesgó una opinión: “A la Señora no le perdonaron nunca que fuera joven y hermosa. Ese es el valor que más le importa a las mujeres de la oligarquía, lo único que jamás le disculparán”.

Amado, aborrecido, el cuerpo de Evita fue arrancado violentamente del lugar que le correspondía. Será mucho, mucho más difícil quitarle su memoria a la inmortalidad. Y sin duda también debe ser incluida en el Gran Acuerdo Nacional.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar